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Sesión 10. Eucaristía Corazón de la Liturgia

EL PORQUÉ DE LA EUCARISTÍA


¿Por qué, Señor, te quedaste en la Eucaristía?” “Te amo, Señor, por tu Eucaristía, por el gran don de Ti mismo. Cuando no tenías nada más que ofrecer nos dejaste tu cuerpo para amarnos hasta el fin, con una prueba de amor abrumadora, que hace temblar nuestro corazón de amor, de gratitud y de respeto” .

Llevamos veinte siglos de cristianismo, por todas las latitudes, celebrando lo que Jesús encomendó a sus apóstoles en la noche de la Cena: “Haced esto en conmemoración mía”.


Los nombres de la Eucaristía

Es de tal profundidad y belleza la eucaristía que en el transcurso de los tiempos a este misterio eucarístico se le ha llamado con varios nombres:

Fracción del pan, donde se parte, se reparte y se comparte el pan del cielo, como alimento de inmortalidad. 

Santo Sacrificio de la Misa, donde Cristo se sacrifica y muere para salvarnos y darnos vida a nosotros.

Eucaristía, porque es la acción de gracias por antonomasia que ofrece Jesús a su Padre celestial, en nombre nuestro y de toda la Iglesia.

Celebración Eucarística, porque celebramos en comunidad esta acción divina.

La Santa Misa, porque la eucaristía acaba en envío, en misión, donde nos comprometemos a llevar a los demás esa salvación que hemos recibido.

Misterio Eucarístico, porque ante nuestros ojos se realiza el gran misterio de la fe.



Antes de empezar a hablar de este misterio hay que preguntarse el porqué de la eucaristía, por qué quiso Jesús instituir este sacramento admirable, por qué quiso quedarse entre nosotros, con nosotros, para nosotros, en nosotros; qué le movió a hacer este asombroso milagro al que no podemos ni debemos acostumbrarnos. ¡Oh, asombroso misterio de fe!

¿Por qué quiso Jesús hacer presente el sacrificio de la Cruz, como si no hubiera bastado para salvarnos ese Viernes Santo en que nos dio toda su sangre y nos consiguió todas las gracias necesarias para salvarnos? 

La respuesta a esta pregunta sólo Jesús la sabe. Nosotros podemos solamente vislumbrar algunas intuiciones y atisbos.

Se quedó por amor excesivo a nosotros, diríamos por locura de amor. No quiso dejarnos solos, por eso se hizo nuestro compañero de camino. Nos vio con hambre espiritual, y Cristo se nos dio bajo la especie de pan que al tiempo que colma y calma, también abre el hambre de Dios, porque estimula el apetito para una vida nueva: la vida de Dios en nosotros. Nos vio tan desalentados, que quiso animarnos, como a Elías: “Levántate y come, porque todavía te queda mucho por caminar” (1 Re 19, 7). 




Actitudes ante la Eucaristía



Ante este regalo espléndido del Corazón de Jesús a la humanidad, sólo caben estas actitudes:


1. Agradecimiento profundo.

2. Admiración y asombro constantes.

3. Amor íntimo.

4. Ansias de recibirlo digna y frecuentemente.

5. Adoración continua.

 La eucaristía prolonga la encarnación. Es más, la eucaristía es la venida continua de Cristo sobre los altares del mundo. Y la Iglesia viene a ser la cuna en la que María coloca a Jesús todos los días en cada misa y lo entrega a la adoración y contemplación de todos, envuelto ese Jesús en los pañales visibles del pan y del vino, pero que, después de la consagración, se convierten milagrosamente y por la fuerza del Espíritu Santo en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Y así la eucaristía llega a ser nuestro alimento de inmortalidad y nuestra fuerza y vigor espiritual.

Hace dos mil años lo entregó a la adoración de los pastores y de los reyes de Oriente. Hoy María lo entrega a la Iglesia en cada eucaristía, en cada misa bajo unos pañales sumamente sencillos y humildes: pan y vino. ¡Así es Dios! ¿Pudo ser más asequible, más sencillo?





El valor y la importancia de la Eucaristía


La eucaristía es la más sorprendente invención de Dios. Es una invención en la que se manifiesta la genialidad de una Sabiduría que es simultáneamente locura de Amor.

Admiramos la genialidad de muchos inventos humanos, en los que se reflejan cualidades excepcionales de inteligencia y habilidad: fax, correo electrónico, agenda electrónica, pararrayos, radio, televisión, video, etc.

Pues mucho más genial es la eucaristía: que todo un Dios esté ahí realmente presente, bajo las especies de pan y vino; pero ya no es pan ni es vino, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo. ¿No es esto sorprendente y admirable? Pero es posible, porque Dios es omnipotente. Y es genial, porque Dios es Amor.



La eucaristía no es simplemente uno de los siete sacramentos. Y aunque no hace sombra ni al bautismo, ni a la confirmación, ni a la confesión, sin embargo, posee una excelencia única, pues no sólo se nos da la gracia sino al Autor de la gracia: Jesucristo. Recibimos a Cristo mismo. ¿No es admirable y grandiosa y genial esta verdad?

¿Cómo no ser sorprendidos por las palabras “esto es Mi cuerpo, esta es Mi sangre”? ¡Qué mayor realismo! ¿Cómo no sorprendernos al saber que es el mismo Creador el que alimenta, como divino pelícano, a sus mismas criaturas humanas con su mismo cuerpo y sangre? ¿Cómo no sorprendernos al ver tal abajamiento y tan gran humildad que nos confunden? Dios, con ropaje de pan y gotas de vino...¡Dios mío!

Nos sorprende su amor extremo, amor de locura. Por eso hay que profundizar una y otra vez en el significado que Cristo quiso dar a la eucaristía, ayudados del evangelio y de la doctrina de la Iglesia. Nos sorprende que a pesar de la indiferencia y la frialdad, Él sigue ahí fiel y firme, derramando su amor a todos y a todas horas.




¡Cuánto necesitamos de la eucaristía!


Necesitamos la eucaristía para el crecimiento de la comunidad cristiana, pues ella nos nutre continuamente, da fuerzas a los débiles para enfrentar las dificultades, da alegría a quienes están sufriendo, da coraje para ser mártires, engendra vírgenes y forja apóstoles.

La eucaristía anima con la embriaguez espiritual, con vistas a un compromiso apostólico a aquellos que pudieran estar tentados de encerrarse en sí mismos. ¡Nos lanza al apostolado!

La eucaristía nos transforma, nos diviniza, va sembrando en nosotros el germen de la inmortalidad.

Necesitamos la eucaristía porque el camino de la vida es arduo y largo y como Elías, también nosotros sentiremos deseos de desistir, de tirar la toalla, de deprimirnos y bajar los brazos. “Ven, come y camina”.



EUCARISTÍA Y DIVERSOS ERRORES DOCTRINALES


En la Eucaristía ocurre el misterio de la transubstanciación, es decir, el cambio sustancial del pan y del vino en el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Este misterio sólo se acepta por la fe teologal, que se apoya en el mismo Dios que no puede engañarse ni engañar; en su poder infinito que puede cambiar las realidades terrenas con el mismo poder con que las creó de la nada.

Pero a lo largo de la historia de la Iglesia ha habido quienes negaron este misterio de la transubstanciación por falta de fe. Hasta el Siglo XI no hubo crisis de fe en el misterio eucarístico.

Fue Berengario de Tours el primero que se atrevió a negar la conversión eucarística en 1046.

El Sínodo de Pistoia, siglo XVII calificaba de “cuestión meramente escolástica” y pedía descartarla de la catequesis. Ciertamente este sínodo no fue aprobado por el Papa.

En el Siglo XX surgió una sutil opinión de los modernistas que defendían que los sacramentos estaban dirigidos solamente a despertar en la mente del hombre la presencia siempre benéfica del Creador. Pero así no sólo se negaba la transubstanciación sino también la misma presencia real de Cristo en la eucaristía. Fue Pío X en 1907 quien corrigió este error modernista en su Decreto “Lamentabili”.

Otros quieren ver sólo un símbolo y signo de la presencia espiritual (no real) de Cristo. Pío XII corrigió este error en su Encíclica “Humani Generis” en 1950.

Hay quienes creen que se trata de una simple cena ritual, no de una presencia real. Es un simple símbolo. Y dan un paso más. Hay opiniones provenientes de teólogos de los Países Bajos, Alemania y Austria que hablan de transfinalización, es decir, después de las palabras de la consagración, sólo habría un pan con un fin distinto, y de transignificación, es decir que después de la consagración habría un pan con significado distinto.

Fue Pablo VI, en 1968, quien hizo frente a estos errores y escribió la bellísima encíclica sobre la eucaristía titulada “Mysterium Fidei”. Y en esta encíclica volvió a recordar Pablo VI la doctrina tradicional de la eucaristía: la transubstanciación.

Tratando de resumir los errores sobre la eucaristía diríamos:

- Es comida de pan solamente. No se acepta que haya habido un verdadero milagro: la transubstanciación. Nosotros, por el contrario, decimos con fe: la eucaristía es el verdadero Pan del cielo, es el cuerpo y la sangre de Cristo, realmente presentes.


- No se acepta que Cristo esté realmente presente en la eucaristía, en los Sagrarios. Se prefiere decir que es un símbolo o un signo, tal como la bandera es signo de la patria, pero no es la patria, o la balanza es signo de la justicia, pero no es la justicia. Nosotros proclamamos con fe: Cristo está realmente presente, humanidad y divinidad, en cada Sagrario donde esté ese Pan consagrado, reservado para los enfermos y para compañía de todos nosotros.


- Se prefiere decir que es presencia espiritual, no real. Sólo recibimos un efecto espiritual pero no recibimos al mismo Dios. Es un pan más, una cena ritual, pero no el verdadero banquete. Nosotros afirmamos claramente: en la eucaristía recibimos al mismo Jesucristo y Él nos asimila a nosotros y nosotros lo asimilamos a Él, en una perfecta simbiosis. 


Otro de los errores comunes de la eucaristía es negar el carácter sacrificial de la santa misa, es decir, negar que el pan y el vino se transforman substancialmente en el cuerpo “ofrecido” y en la sangre “derramada” por Cristo, no sólo en el cuerpo y sangre. Se prefiere hacer hincapié en el aspecto de banquete festivo. La Iglesia, y Juan Pablo II en su encíclica sobre la eucaristía ha vuelto a resaltar el carácter sacrificial de la Eucaristía. Es banquete, sí, pero banquete sacrificial. Dice el papa en esta encíclica: “Privado de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que el de un encuentro convival fraterno” (n. 10).

Es cierto que sin fe en la omnipotencia de Dios, en el poder de Dios, en Dios mismo, no se entiende la eucaristía. Si Él lo ha dicho, esto es un milagro, es verdad, aunque nuestros sentidos nos engañen. Pidamos entonces fe. Y cantemos el famosísimo himno “Adoro devote”:

“Te adoro devotamente, oculta Verdad, que bajo estas formas estás en verdad escondida, a ti se someta todo mi corazón pues, al contemplarte, todo él desfallece.

La vista, el gusto y el tacto en ti se engañan: sólo el oído es verdaderamente digno de fe; creo cuanto ha dicho el Hijo de Dios, porque nada hay más verdadero que la palabra de la verdad.

Señor Jesús, misericordioso pelícano, 
a mí, inmundo, límpiame con tu sangre,
pues una sola gota de ella podría salvar
al mundo entero de todo pecado.

Oh Jesús, a quien contemplo ahora oculto,
¡cuándo se realizará lo que tanto deseo!:
que, viéndote con el rostro descubierto,
sea dichoso al contemplar tu gloria. Amén”.



EUCARISTÍA Y SAGRARIO
Sagrario es como un imán.

¿Han visto ustedes un imán? ¿Qué hace un imán? Atrae el hierro. Pues así como el imán atrae al hierro, así el Sagrario atrae los corazones de quienes aman a Jesús. Y es una atracción tan fuerte que se hace irresistible. No se puede vivir sin Cristo eucaristía.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando un imán no atrae al hierro? ¿De quién es la culpa, del imán o del hierro? Del imán ciertamente no.

San Francisco de Sales lo explicaba así: “cuando un alma no es atraída por el imán de Dios se debe a tres causas: o porque ese hierro está muy lejos; o porque se interpone entre el imán y el hierro un objeto duro, por ejemplo una piedra, que impide la atracción; o porque ese pedazo de hierro está lleno de grasa que también impide la atracción”.

Y continúa explicando San Francisco de Sales:

- “Estar lejos del imán significa llevar una vida de pecado y de vicio muy arraigada”.
- “La piedra sería la soberbia. Un alma soberbia nunca saborea a Dios. Impide la atracción”.
- “La grasa sería cuando esa alma está rebajada, desesperada, por culpa de los pecados carnales y de la impureza”.

Y da la solución:

- “Que el alma alejada haga el esfuerzo del hijo pródigo: que vuelva a Dios, que dé el primer paso a la Iglesia, que se acerque a los Sacramentos y verá cómo sentirá la atracción de Dios, que es misericordia”.
- “Que el alma soberbia aparte esa piedra de su camino, y verá cómo sentirá la atracción de Dios, que es dulzura y bondad”.
- “Que el alma sensual se levante de su degradación y se limpie de la grasa carnal y verá cómo sentirá la atracción de Dios, que es pureza y santidad”.

Así es también Cristo eucaristía: un fuerte imán para las almas que lo aman. Es una atracción llena de amor, de cariño, de bondad, de comprensión, de misericordia. Pero también es una atracción llena de respeto, de finura, de sinceridad. No te atrae para explotarte, para abusar de ti, para narcotizarte, embelesarte, dormirte, jugar con tus sentimientos. Te atrae para abrirte su corazón de amigo, de médico, de pastor, de hermano, de maestro. Si fuésemos almas enamoradas, siempre estaríamos en actitud de buscar Sagrarios y quedarnos con ese amigo largos ratos, a solas.

Si fuésemos almas enamoradas, no dejaríamos tan solo a Jesús eucaristía. Las iglesias no estarían tan vacías, tan solas, tan frías, tan desamparadas. Serían como un continuo hormigueo de amigos que entran y salen.

Tengamos la costumbre de asaltar los Sagrarios, como dice san Josemaría Escrivá. Es tan fuerte la atracción que no podemos resistir en entrar y dialogar con el amigo Jesús que se encuentra en cada Sagrario.

Y para los que trabajan en la iglesia, pienso en los sacristanes, esta atracción por Jesús eucaristía les lleva a poner cariño en el cuidado material de todo lo que se refiere a la eucaristía: Limpieza, pulcritud, brillantez, gusto artístico, orden, piedad, manteles pulcros, vinajeras limpias, purificadores relucientes, corporales almidonados, pisos como espejos, nada de polvo, telarañas o suciedades. Estas delicadezas son detalles de alguien que ama y cree en Jesús eucaristía.

Pero, ¿por qué a veces el Sagrario, que es imán, no atrae a algunos? Siguen vigentes las tres posibilidades ya enunciadas por san Francisco de Sales, y yo añadiría algunas otras.

No atrae Cristo eucaristía porque tal vez hemos sido atraídos por otros imanes que atraen nuestros sentidos y no tanto nuestra alma. Pongo como ejemplo la televisión, el cine, los bailes, las candilejas de la fama, o alguna criatura en especial, una chica, un chico. Lógicamente, estos imanes atraen los sentidos y cada uno quiere apresar su tajada y saciarse hasta hartarse. Y los sentidos ya satisfechos embotan la mente y ya no se piensa ni se reflexiona, y no se tiene gusto por las cosas espirituales.

A otros no atrae este imán por ignorancia. No saben quién está en el Sagrario, por qué está ahí, para qué está ahí. Si supieran que está Dios, el Rey de los cielos y la Tierra, el Todopoderoso, el Rey de los corazones. Si supieran que en el Sagrario está Cristo vivo, tal como existe – glorioso y triunfante – en el Cielo; el mismo que sació a la samaritana, que curó a Zaqueo de su ambición, el mismo que dio de comer a cinco mil hombres....todos irían corriendo a visitarlo en el Sagrario.

Naturalmente echamos de menos su palabra humana, su forma de actuar, de mirar, de sonreír, de acariciar a los niños. Nos gustaría volver a mirarle de cerca, sentado junto al pozo de Jacob cansado del largo camino, nos gustaría verlo llorar por Lázaro, o cuando oraba largamente. Pero ahora tenemos que ejercitar la fe: creemos y sabemos por la fe que Jesús permanece siempre junto a nosotros. Y lo hace de modo silencioso, humilde, oculto, más bien esperando a que lo busquemos.

Se esconde precisamente para que avivemos más nuestra fe en Él, para que no dejemos de buscarlo y tratarlo. ¡Que abajamiento el suyo! ¡Qué profundo silencio de Dios! Está escondido, oculto, callado. ¡Más humillación y más anonadamiento que en el establo, que en Nazaret, que en la Cruz!

Señor, aumenta nuestra fe en tu eucaristía. Que no nos acostumbremos a visitarte en el Sagrario. Que seas Tú ese imán que nos atraiga siempre y en todo momento. Quítanos todo aquello que pudiera impedirnos esta atracción divina: soberbia, apego al mundo, placeres, rutina, inconsciencia e indiferencia.

¡El Sagrario!

“El Maestro está aquí y te llama”, le dice Marta a su hermana.

Nuestra ciudad está rodeada de la presencia Sacramental del Señor. Tomen en sus manos un mapa de la ciudad y vean cuántas iglesias tienen, señaladas con una cruz. Esas cruces están señalando que ahí está el Señor, son como luceros o como constelaciones de luz, visibles sólo a los ángeles y a los creyentes, diría Pablo VI.


¿Para quién y para qué está ahí? Para nosotros, para hacer compañía al solo, para fortalecer al débil, para iluminar al que duda, para consolar al triste, para llenar la vida de jugo, de alegría, de sentido.


EUCARISTÍA Y SACERDOTE

El cura de Ars es ejemplo de amor a la eucaristía. Se llamaba Juan María Vianney, nacido en Francia en 1786. Le tocó vivir toda la borrasca revolucionaria francesa y la epopeya de Napoleón. Entró al seminario y le costaron mucho sus estudios, pero la gracia de Dios hizo el resto. A los 29 años fue ordenado sacerdote.

Lo destinaron a Ars, un pueblito de 230 habitantes, pobres y decaídos, pues llevaban muchos años sin sacerdote, y unos salones de baile hacían sus estragos.

Llegó confiado en Dios y comenzó a rezar, a celebrar la santa misa, a pasarse largos ratos ante el Sagrario. Después de diez años, Ars estaba completamente transformada.

Pobre, sufrido, asceta, piadoso, mortificado y probado por la furia de Satanás, al ver que su confesonario era un imán para muchos pecadores que venían de varias partes de Europa. Se pasaba quince horas diarias confesando.

Murió a los 63 años de edad, agotado por su intenso trabajo pastoral. Fue canonizado 76 años después de su muerte por Pío XI.

Se pueden destacar varias virtudes del Cura de Ars, que Juan XXIII en 1959 recoge en una maravillosa encíclica llamada “Sacerdotii nostri primordia”, al festejar el centenario del Cura de Ars. El papa presenta al cura de Ars como modelo de ascesis, oración y celo pastoral. Quiero detenerme aquí sólo en su oración eucarística.

Sus últimos treinta años de vida los pasó en la Iglesia, junto al Sagrario. Su devoción a Cristo eucaristía era realmente extraordinaria. Decía él: “Está allí aquél que nos ama tanto, ¿por qué no le hemos de amar nosotros igual?”.

El Cura de Ars amaba tanto a Cristo eucaristía y se sentía irresistiblemente atraído hacia el tabernáculo. “No es necesario hablar mucho, se sabe que el buen Dios está ahí en el Sagrario, se le abre el corazón, nos alegramos de su presencia. Y esta es la mejor oración”.

No había ocasión en que no inculcase a los fieles el respeto y el amor a la divina presencia eucarística, invitándolos a aproximarse con frecuencia a la Comunión, y él mismo daba ejemplo de esta profunda piedad. “Para convencerse de ello - refieren los testigos – bastaba verle celebrar la Santa Misa o hacer la genuflexión cuando pasaba ante el Sagrario”.

El ejemplo admirable del Cura de Ars conserva hoy todo su valor. Nada puede sustituir en la vida de un sacerdote, la oración silenciosa y prolongada ante el Sagrario.

En el Sagrario el sacerdote encuentra la luz para sus sermones y homilías. En el Sagrario el sacerdote encuentra la compañía que necesita para su corazón. ¿A dónde irá a consolar su corazón el sacerdote, si no es en el Sagrario? Cuando tiene que tomar alguna decisión importante, o afrontar algún problema, nada mejor que el Sagrario. Ahí lleva sus alegrías, sus penas, su familia, sus almas.

El Sagrario es para el sacerdote su lugar de descanso. Vive del Sagrario, de ahí saca la fuerza, el coraje, la decisión, la perseverancia en su vocación. El Sagrario es su punto de referencia para todo. “Él me mira y yo le miro”, como decía ese viejecito en Ars cuando se le preguntó que hacía tanto tiempo frente al Sagrario.


PARTICIPACIÓN EN EL FORO
¿Qué nombres se le ha dado a la Eucaristía en el transcurso de los tiempos?
¿Por qué quiso Jesús hacer presente el sacrificio de la Cruz?
¿Qué significa el misterio de la transubstanciación?

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA / ARTÍCULOS DE APOYO:

- Libro La Eucaristía: http://es.catholic.net/biblioteca/libro.phtml?consecutivo=536

- Carta del Papa a los Obispos sobre "Summorum Pontificum"
La Carta de Benedicto XVI a los obispos de todo el mundo sobre el Motu Proprio Summorum. Referente al misal de Juan XXIII: http://es.catholic.net/conocetufe/423/2214/articulo.php?id=32311

- Ecclesia De Eucharistia http://www.es.catholic.net/biblioteca/libro.phtml?consecutivo=19

- Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la rececpción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar http://www.es.catholic.net/biblioteca/libro.phtml?consecutivo=407

- Sacrosanctum Concilium (Constitución Dogmática del Vaticano II para la Liturgia) http://es.catholic.net/conocetufe/423/2214/articulo.php?id=15820

- Redemptionis Sacramentum
Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía http://es.catholic.net/conocetufe/423/2214/articulo.php?id=15820

- Dies Domini ( Carta apostólica JPLL sobre la santificación del domingo) http://es.catholic.net/conocetufe/423/2214/articulo.php?id=15821
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