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Tema 3: ¿Le ha salido a Dios mal el mundo?

Autor: Michel Esparza | Fuente: http://sontushijos.org
Curso en línea "Catequesis básica para padres"
 Tema 3: ¿Le ha salido a Dios mal el mundo?
Tema 3: ¿Le ha salido a Dios mal el mundo?
LAS RAZONES DEL CREYENTE
(Breve introducción a la fe católica)
Tema 3: ¿Le ha salido a Dios mal el mundo?
(Redención y sentido cristiano del sufrimiento)


“¿Qué importa padecer si se padece por consolar, por dar gusto a Dios nuestro Señor, con espíritu de reparación, unido a El en su Cruz, en una palabra: si se padece por Amor?”
(J. Escrivá, Camino, n. 182)



Introducción

Imaginemos que, después de haber asegurado en los dos capítulos anteriores una evangelización básica, ya tenemos fe: creemos que Cristo no es ni un mentiroso ni un loco, sino que creemos en su Divinidad y, por tanto, también en todo lo que Él nos ha revelado y la Iglesia, en su nombre, nos enseña. Conviene entonces discurrir acerca de los misterios centrales de la fe. Unos de estos misterios es la Redención, que está ligado a un problema que atormenta al hombre desde siempre, y que lleva a algunos a poner en duda o a perder la fe: el sentido del sufrimiento. En efecto, el sufrimiento es piedra de escándalo. Para quienes este problema ineludible les lleva a apartarse de Dios, la única concepción de vida coherente que queda es el nihilismo. «Todo sufrimiento es inútil», decía por ejemplo en 1991 el Prof. Schwarzenberg, durante su campaña de promoción de la eutanasia. Y es que si el dolor y la indigencia humana no sirviesen para amar y para dejarse amar, por Cristo y por los demás, se acabaría tarde o temprano, de un modo o de otro, en la más espantosa desesperación.

El sufrimiento está presente en toda vida humana. Tarde o temprano, todos nos enfrentamos al problema del sufrimiento. Buscamos respuestas, pero ante todo conviene no perder de vista que estamos ante un misterio. «Si Dios interviene en la historia —se pregunta Santiago Martín— ¿por qué hay tanto dolor y sufrimiento? Es una pregunta a la que no podemos dar una respuesta satisfactoria, por lo menos de forma contundente. [...] El problema que representa la coexistencia del mal y del dolor en el mundo con la fe en un Dios Todopoderoso que interviene en la historia del hombre para ayudar al hombre, queda resuelto con el concepto de misterio. Un concepto que nos lleva a decir: "Yo no entiendo, pero no entender no me hace entrar en crisis, porque no entenderlo todo respecto a Dios es normal". "No entiendo, Señor -le decimos los creyentes-, [...] pero creo en tu amor, creo en ti"»1. De todos modos, los misterios no abarcan realidades acerca de las cuales nada podamos conocer, sino más bien realidades que nunca podremos conocer del todo. Vale, pues, la pena profundizar en ello, aunque sólo sea con el fin de que el misterio se torne menos incomprensible.

¡Qué difícil es dar una respuesta al problema del sentido sufrimiento, más aún fuera de un contexto cristiano! Y no digamos lo difícil que es vivir ese sentido positivo que tiene el sufrimiento en la vida cristiana. Fuera del cristianismo, no rebelarse ante el dolor intenso sino aceptarlo rendidamente, resignarse ante cualquier sufrimiento, por grande que sea, ya es de por sí algo muy meritorio. Sin embargo, Cristo va más lejos, puesto que ama el sufrimiento y lo convierte en medio de Redención victoriosa. Y los cristianos que le siguen de cerca son también capaces de amar el sufrimiento como medio de Corredención con Cristo.

Decía San Josemaría que «la certeza del cariño la da el sacrificio»2. Vamos a ver que el misterio de la Redención y del sentido cristiano del sufrimiento es sobre todo un misterio de amor, que sólo puede ser entendido y vivido por quien adquiera la libertad del amor o capacidad de sufrir libre y gustosamente con tal de poder hacer feliz a quien se ama. «El amor hace fecundo al dolor y el dolor hace profundo al amor», afirmó Juan Pablo II3. Hay cosas que no se aprenden en libros. Tal es el sentido del sufrimiento y el amor. Quien no haya sufrido no puede entender el amor que se puede esconder tras el sufrimiento. En una novela se ponen estas palabras en boca de San Francisco de Asís: «Creo que para comprender el amor de Dios hay que haber sufrido algo. Sólo el que sufre entiende al que sufre. Sólo el que ama entiende al que ama. Si no has estado nunca enamorado, ¿cómo vas a entender el amor de Dios? Si no has sufrido de verdad en la vida, ¿cómo vas a apreciar el sufrimiento de Dios por ti?»4. ¡Qué difícil es explicar la fe y la vida cristiana a jóvenes mimados que nunca han amado con locura...!

«El amor ha hecho el dolor y el dolor ha hecho el amor», escribió P. Claudel5. Es el misterio de la libertad del amor: se puede amar tanto a una persona que, para contribuir a su felicidad, se está gustosamente dispuesto a sufrir todo lo que haga falta; y lo más curioso es que la felicidad que se siente haciéndole feliz, contrarresta con creces el dolor inherente al sacrificio. Lo expresaba bien San Pablo de la Cruz: «Ya no se permita más discernir el amor del dolor, o el dolor del amor; pues el alma que ama goza en su dolor, y exulta en su amor doliente»6. Durante nuestra vida en la tierra, sin dolor, no es posible el amor ni la felicidad verdadera. Ya lo dice la canción popular: «Amar que no pena, no pida placer, pues ya le condena su poco querer; mejor es perder placer por dolores que estar sin amores».

Desde la perspectiva del dolor de amor, se entiende por qué quiso Cristo sufrir tanto, aunque en sentido estricto no era necesario ya que, dada su dignidad divina, nos habría podido redimir con cualquier sacrificio. Pero el amor de Cristo-Hombre es una copia reducida del infinito Amor divino, así que quiso dejarnos una prueba tangible de su inmenso amor sufriendo por nosotros todo lo que un hombre es capaz de sufrir. A su vez, como veremos, cada persona que sufre puede emplear su sufrimiento para aligerara los padecimientos de Cristo, corredimiendo con Él.
Pero antes de adentrarnos en el sentido cristiano del sufrimiento, empecemos subrayando la importancia de albergar una actitud comprensiva y respetuosa hacia los que sufren.
Jamás hablar de este tema con ligereza

Es preciso que ser delicados hacia los que sufren ?más aún si se trata de dolor en el alma7?, en primer lugar porque no podemos hacernos del todo cargo del sufrimiento ajeno; en segundo lugar, porque la ciencia de la cruz, es un misterio sobrenatural que exige entender, entre otras cosas, las intenciones creadoras y redentoras (re-creadoras) de Dios; y, en tercer lugar, porque es también un misterio del amor humano que sólo se aprende cuando se vive.

Conviene no dar la sensación de que se trata de algo fácil. Lewis había dado muchas conferencias sobre este tema, pero sólo se dio cuenta de la profundidad del misterio cuando le tocó vivirlo. En El problema del dolor, había escrito: «Dios nos susurra y habla a la conciencia a través del placer, pero le grita mediante el dolor: es su megáfono para despertar a un mundo sordo»8. Matizó más dichas expresiones en Una pena en observación, cuando se vio sumido en la más profunda tristeza por la muerte de su mujer. Allí dice, por ejemplo: «Lo que dice San Pablo solamente puede consolar a quien ama a Dios más que a sus muertos»9; o, más adelante: «¿Qué quiere decir la gente cuando afirma: “yo a Dios no le tengo miedo porque sé que es bueno”? ¿Han ido al dentista alguna vez?»10.

Por mucho que profundicemos en aspectos parciales de esta temática, el sentido del sufrimiento seguirá siendo un misterio. Siempre encontraremos situaciones que nos romperán los esquemas, por ejemplo si vemos a un niño que padece de lepra, esa enfermedad de la que Alberto Vázquez-Figueroa dice que «ningún tirano había encarcelado jamás a nadie de por vida sin usar otras rejas que su propio cuerpo atormentado»11. A la hora de enjuiciar la realidad, habría que evitar tanto el pesimismo realista como el optimismo ingenuo. El cristianismo propugna un optimismo realista: el pecado hace estragos en las personas y en las sociedades, pero Cristo se ha hecho hombre para aportar una solución. Hay, pues, esperanza...

Hay que mostrar que el sufrimiento es una bendición de Dios, pero sin dar la impresión de que se exalta el sufrimiento en cuanto tal (dolorismo). El dolor no es querido directamente por Dios. Lo introduce el pecado del hombre. Como tal, es un mal, pero Dios, en su infinita misericordia, lo ha resuelto con la Redención, enseñándonos y capacitándonos para elevarlo al orden del amor. Además, a posteriori, Dios, en su amorosa providencia, se sirve del sufrimiento para nuestro bien. «Sufrir —escribe la Madre Teresa de Calcuta— no es nada, pero el sufrimiento compartido con la Pasión de Cristo es un don maravilloso y un signo de amor»12.

Esa incómoda libertad responsable

¿Quién es responsable del mal y del sufrimiento en el mundo? Antes de adentrarnos en el misterio de la redención de Cristo, nos conviene indagar en el origen del problema que vino a remediar, situando su obra redentora en el marco del designio creador de Dios Padre. Al preguntarnos por qué hay tanto mal en el mundo y por qué murió Jesucristo en la Cruz, nos topamos con la realidad del pecado y de la libertad. Si no se aceptan las consecuencias que se derivan del mal uso de la libertad, deja de tener sentido el pecado y, por tanto, también la Redención. Quien no asume su responsabilidad, ni siquiera se plantea las cuestiones más cruciales de su existencia: ¿quién me puede salvar?, ¿cómo obtengo el perdón de mis pecados?, ¿que tengo que hacer para que no sea la justicia sino la misericordia divina la que tenga la última palabra?

El primer obstáculo que encuentra la nueva evangelización de Occidente es que la mayoría de sus destinatarios no perciben que necesitan ser redimidos y salvados. No son conscientes, por múltiples motivos, de que necesitan ser curados de su egoísmo y de que está en juego una eternidad a la medida del uso que hagan de su libertad en esta vida. A veces pesa en esa actitud la falta de formación religiosa, otras una cierta anestesia en el alma para captar un eco de trascendencia más allá de lo meramente sensorial o ser capaz divisarlo entre las preocupaciones cotidianas tan ineludibles como efímeras. Hablar en esas circunstancias de las promesas eternas de Cristo es como empeñarse en vender un producto a quienes no saben que les hace falta. Y si intentamos sacarles de su agnóstica indiferencia hablándoles del Cielo, a menudo responden: «Si existe, sin duda me lo merezco porque yo no hago mal a nadie»; no reparan en que el mal es ante todo ausencia de bien. Si viviera en nuestros días, San Pablo les diría: «No os engañéis; con Dios no se juega. Lo que uno siembra, eso cosechará»13. Ciertamente, es una pena que no se percaten de la felicidad, temporal y eterna, que se están perdiendo14. ¿Qué se puede hacer al respecto?

Ante todo, conviene mostrar que nuestras decisiones tienen consecuencias. Cualquier esfuerzo para fomentar el diálogo entre la razón y la fe, debe empezar por incidir en que somos seres éticos y, por tanto, libres. Hoy en día, se habla mucho de libertad y muy poco de responsabilidad. Para no tener que asumir las consecuencias de sus actos, muchos se escudan en una especie de buenismo natural que culpa del mal individual no a la persona sino a las carencias genéticas, educativas o sociales; algunos se atreven incluso a culpar a Dios del mal en el mundo.

Un modo concreto de contrarrestar esa cultura de la irresponsabilidad consiste en poner en evidencia sus contradicciones e incoherencias. Vemos con frecuencia, por ejemplo, que quienes se amparan en postulados deterministas para eludir su propia responsabilidad, cambian radicalmente de opinión cuando son ellos mismos los perjudicados; en ese caso, no dudan en reclamar para el culpable todo el peso de la justicia. Lo reconozcamos o no, en el fondo, todos sabemos que somos responsables en la medida en que somos libres. De ahí que, al enjuiciar una acción reprobable, nos preguntemos si el sujeto que la cometió tuvo realmente elección.

El hombre es libre para amar y para odiar, para dejarse amar y para hacer imposible el amor, para adentrarse en el camino del amor —con el gozo y el riesgo de dolor que le son inherentes— y para encaminarse hacia la soledad egoísta del desamor. La tentación de la indolencia —el miedo a sufrir a causa del amor— es muy fuerte. Tanto es así, que son muchos los que, traicionando progresivamente su constitucional sed de amor, se refugian en la embriagadora soledad del desamor.

Poco a poco, la personalidad se petrifica, el egoísmo se cristaliza y, a menudo, la soberbia impide reconocer el propio error...

El realismo nos lleva, por tanto, a dar a la libertad el protagonismo real que tiene en nuestros actos, sin olvidar que por muchos condicionantes que haya, ordinariamente es uno mismo quien finalmente decide. Nadie duda, por ejemplo, de la gran influencia que ejerce la educación, pero sería absurdo ampararse en ella para rebajar el peso de la voluntad a la hora de actuar. Al fin y al cabo, sin libertad, seríamos como animales: nuestro comportamiento sería siempre previsible. Pero no es así. Al contrario, como explica un superviviente de Auschwitz, el ser humano, incluso en las condiciones más extremas, «es, en última instancia, su propio determinante»15.

Reconocer la existencia de la libertad responsable permite asumir otras realidades igualmente innegables: el mérito y la culpa, la justicia, el juicio, la recompensa y la pena. En rigor, cada obra buena o mala tiene sus consecuencias. A su vez, esas verdades naturales facilitan la comprensión de la doctrina cristiana, que nos enseña que «todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida»16. Sólo Dios conoce el grado exacto de libertad en cada acto humano. Por eso nos conviene que sólo Él nos juzgue.

Si todos sabemos que somos libres, ¿cómo se puede llegar a negar lo evidente? Esa actitud enmascara en muchas ocasiones un afán por justificar la propia debilidad o la falta de coherencia personal de aquellos que han dejado de vivir como pensaban porque era más cómodo pensar como vivían. Poco a poco, ese autoengaño nos aleja de la verdad. La tendencia a no reconocer los propios errores, para lo que se necesita una buena dosis de humildad y de honestidad, se ha agudizado en los últimos años por el desconocimiento del amor de Dios. Es también, por tanto, un problema de falta de formación: si se desconoce cuánto le encanta al Señor perdonar los pecados, sólo quedan dos alternativas: reconocerlos y deprimirse o engañarse a sí mismo.

La vía del autoengaño aislado se extiende también en el plano social dando lugar a una especie de inconsciencia colectiva. La vida influye en las ideas y éstas, a su vez, conforman la cultura y se plasman en leyes. El oscurecimiento de la conciencia afecta a los puntos más vulnerables de nuestra conducta moral, como la sexualidad, y acaba contaminando valores éticos esenciales. Piénsese, por ejemplo, en el permisivismo legal con el aborto, que se parece a la tolerancia que hubo en algunos países hasta el siglo XIX con el comercio de esclavos. Esas lacras sólo desaparecen cuando termina la distorsión de la razón que trae consigo el autoengaño17.

Por desgracia, se nota en muchos cristianos el influjo de ese ambiente cultural que fomenta la irresponsabilidad. Desconsuela constatar que no se suelen parar a pensar en las consecuencias últimas de sus decisiones, más preocupados por contratar un seguro de vida que por capear las realidades eternas. Incluso muchos sacerdotes evitan aludir claramente a estas cuestiones. En los funerales, por ejemplo, se suele realzar, de forma más o menos estereotipada, la esperanza en la Resurrección, pero se omiten las llamadas a la conversión que tanto abundan en el Evangelio18.

Quienes sólo acuden a la iglesia en esas ocasiones pueden pensar que la salvación es automática. Urge, pues, anunciar toda la verdad, aunque duela. La verdadera caridad exige hacerlo de modo afable pero claro. Y es que «los cristianos debemos ser duros de cabeza y tiernos de corazón»19.

Conocer de antemano la verdad nos hace realistas. A quienes no encaran las implicaciones eternas de sus actos, habría que hacerles ver dos cosas: que hay que pedir perdón por los pecados para que la misericordia de Dios pueda tener la última palabra, y que, aun y todo, la justicia siempre tiene algo que decir, porque, como dice San Pablo, «el que poco siembra, poco cosecha y el que mucho siembra, mucho cosechará»20. En virtud de la misericordia, si alguien se confiesa en el último minuto de su vida, se le perdonan todos sus pecados, pero necesita hacer penitencia en el Purgatorio para aprender, entre otras cosas, a arrepentirse únicamente por amor a Dios; y, después, puesto que es de justicia que el modo en que se vive en la tierra configure la eternidad, recibirá un Cielo a la medida de sus méritos. De ahí la importancia de aprovechar bien el tiempo.

Los santos nos enseñan que lo que más debería espolear nuestra generosidad es la compasión con el Corazón de Jesús, pero sin olvidar el sentido de responsabilidad. «Tengo que dar cuenta a Dios de lo que he hecho —solía decir San Josemaría—, y deseo ardientemente salvar mi alma»21. Obviar la lógica de la justicia denota inconsciencia o temeridad: no hay que tener miedo a Dios, sino a uno mismo. La parábola de los talentos22 es inquietante y consoladora: recibiremos según hemos dado y se nos pedirá según nuestras posibilidades, ni más, ni menos. De todos modos, no tengamos en cuenta sólo el daño que nos causa el pecado. Consideremos también que al Señor le duele tanto cuanto nos ama. Si le amamos, no perderemos de vista ese otro lado de la moneda.

El plan creador y el origen del mal

Cada decisión moral a lo largo de la vida nos acerca o nos aleja de la mejor felicidad. En concreto, el pecado siempre daña a quien lo comete: el desamor «aleja al hombre de Dios, lo aleja de sí mismo y de los demás»23. El pecador no es, pues, el único perjudicado. También lo son quienes más le quieren y las posibles víctimas de ese desarreglo moral. Las consecuencias nos son banales. Dejando de lado la suma de sufrimientos cotidianos que nunca salen en los periódicos, estremece pensar, por ejemplo, en los millones de personas que murieron en el siglo XX con el exterminio nazi o bajo el terror comunista. Sólo en Ucrania, por citar un ejemplo poco conocido, Stalin dejó morir de hambre a siete millones de inocentes en el invierno de 1932-1933, que se suman a los otros once millones que recibieron un tiro en la nuca en sólo cuatro años, entre 1937 y 1941. Hay ejemplos más recientes, como el de los casi dos millones de camboyanos (el 20% de la población) que fueron masacrados entre 1975 y 1979 bajo la dictadura de los jemeres rojos.

Son cifras estremecedoras que invitan a pensar en el origen último de tanta miseria o a preguntarse por qué Dios ha creado un mundo en el que pueden ocurrir esas atrocidades. Sin la creación, no existiría el mal; por eso se dice que Dios lo ha concreado. Sin embargo, haciendo balance, debe haber valido la pena, ya que sin la creación tampoco existiría el bien. Sería injusto que, por culpa de los que emplean mal su libertad, otros muchos no recibieran el don de la vida y de la salvación eterna. En todo caso, culpar a Dios mientras se elude la propia responsabilidad denota una actitud engreída e irrespetuosa con el Creador, a la vez que desagradecida e injusta por ser Él quien más sufre a causa del daño que acarrean nuestros pecados. No obstante, admitir que la creación ha valido la pena no deslegitima el intento de comprender por qué.

Nunca entenderemos en toda su profundidad el misterio del mal24. Sabemos, sin embargo, que el amor es la única razón por la que Dios nos ha sacado de la nada. En un mismo acto creador y amoroso, Dios elige darnos el ser para que podamos participar en su beatitud. Pero esa felicidad, al estar ligada al amor, requiere una libertad que, como arma de doble filo, se presta a lo mejor y a lo peor. Así aparece el mal. Dios no lo quiere. Lo tolera para que puedan existir seres capaces de convertirse en hijos que, libremente, reciben todo el amor de su padre. Eso es lo primordial. El universo visible es accidental: mero decorado en el que habitar. Al crearlo con tanta largueza, nos revela su infinita omnipotencia y facilita nuestra alabanza. Pero para Él vale más uno de nosotros que el resto del universo. Somos la «única criatura que Dios ha amado por sí misma»25.

Dios decidió crearnos asumiendo plenamente el riesgo de nuestra libertad, aún siendo consciente de que no habría vuelta atrás y de que, en caso de desvío, Él sería la máxima víctima del don que concedía. «En cierto sentido —afirmó Juan Pablo II— se puede decir que frente a la libertad humana Dios ha querido hacerse “impotente”. […] Él permanece coherente ante un don semejante»26. En consecuencia, «la misteriosa grandeza de la libertad personal estriba en que Dios mismo se detiene ante ella y la respeta»27. Dios no nos obliga a amarle porque es el más fino amante. Espera nuestra correspondencia, pero sabe que el amor es algo que sólo se puede exigir a uno mismo. El amor del otro se puede atraer, pero no pretender. No adecuarse a esa regla básica es uno de los errores más frecuentes en nuestra vida familiar: «Pretender que el cónyuge o los hijos cambien porque lo digo yo resulta pretencioso y absolutamente inútil»28.

En cualquier caso, la filiación divina es la razón esencial de la creación. La analogía con la paternidad humana nos permite intuir el designio divino. Por muchos hijos que tengan los buenos padres de la tierra, cada uno podrá contar con todo su cariño como si fuera el único. Y si uno va por mal camino, ellos sufrirán y no escatimarán esfuerzos a la hora de ayudarle. De modo semejante, Dios se preocupa por cada uno de nosotros en particular: se diría que sólo sabe tener hijos únicos. Un único y mismo amor de padre le lleva a crearnos y, tras nuestro descamino, a poner todos los medios posibles para que podamos salvarnos (Encarnación y Redención). No nos crea en serie, sino que nos da, uno a uno, un alma inmortal. Aunque alguien haya sido concebido por padres egoístas, no podrá decir que no está en la tierra porque alguien le ha amado.

Dios es, en suma, un padre que ama a cada uno de sus hijos tanto como se ama a sí mismo. Por eso, «mendiga el amor de su criatura: tiene sed del amor de cada uno de nosotros»29. Se expone, pues, a sufrir, porque amar «es comprometerse, hacerse vulnerable e indigente en la espera de una correspondencia a esa entrega»30. Si se alude al dolor de Dios, muchos piensan que se habla en sentido figurado. De primeras, algo les dice que un Ser infinitamente perfecto no puede padecer. Sin embargo, la Sagrada Escritura confirma esa misteriosa realidad del dolor de Dios31.

A Dios nada ni nadie le puede ligar excepto su amor. Por tanto, de un modo misterioso pero real, ese amor comporta una indigencia que no implica imperfección alguna. En efecto, que Dios sea esencialmente impasible no significa que sea indiferente. Como recuerda Benedicto XVI, «la fe cristiana nos ha enseñado que Dios —la Verdad y el Amor en persona— ha querido sufrir por nosotros y con nosotros. Bernardo de Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis, Dios no puede padecer, pero puede compadecerse»32.

Es muy posible que esos razonamientos no nos ayuden mucho a hacernos cargo del dolor de Dios, pero eso no importa si establecemos una clara diferencia entre su explicación teórica y su vertiente práctica. Y es que no hace falta ser expertos en teología para asumir las implicaciones que tiene el dolor divino: nos basta con saber que todo lo que imaginemos es poco. En todo caso, si lo meditamos, no es difícil romper en acción de gracias ante un Dios que de nada carece pero que se hace tan vulnerable al crearnos por amor. Y de la gratitud pasamos a la compasión filial con ese padre amantísimo a quien tanto le hacen sufrir las desgracias que el pecado nos acarrea.

Nadie se compadece tanto de ese dolor de amor divino como Jesucristo, que lo remedia con el dolor de amor humano de su Corazón: su sintonía afectiva con Dios Padre es insuperable. Esa es la primera razón que late tras el plan redentor: el Hijo consuela al Padre por todos los agravios que recibe a causa de nuestro desamor. No podemos entender lo que vive un Ser infinito, pero el Verbo encarnado nos lo hace accesible. En concreto, la Pasión nos revela la magnitud del dolor divino: Jesús quiso padecer lo máximo posible para que pudiéramos vislumbrar cuánto sufre el Padre a causa de cada pecado. Si somos buenos hijos, nos alegrará saber que el Padre ya recibe, desde hace veinte siglos, el mejor de los consuelos. Sin embargo, nuestra inquietud irá en aumento si nos percatamos del pesar que eso comporta para el Corazón de Jesús, si descubrimos que no ofrece únicamente el dolor físico de su Pasión cruenta, sino también el dolor moral que le infligen nuestros pecados. Sentiremos, en suma, la urgencia de corredimir con Cristo, de aliviar esos pesares con los que consuela al Padre y nos consigue la gracia salvadora del Espíritu Santo.

El primer pecado y sus consecuencias

La necesidad de la Redención se remonta a los albores de la historia. Los primeros capítulos del libro del Génesis, que sin ser estrictamente históricos están llenos de gran sabiduría y genialidad, nos cuentan que Dios hizo con Adán y Eva algo parecido a lo que hacen los padres en la tierra. Les dio el mejor entorno y la mejor educación. Vivían en un lugar idílico y disfrutaban del amor y de la continua intimidad de Quien con toda confianza ya llamaban Padre. Les otorgó los mejores dones, tanto naturales (aguda inteligencia, fuerte voluntad y pasiones perfectamente ordenadas) como sobrenaturales (el estado de gracia que les constituía en hijos de Dios). No sufrían ningún dolor físico porque recibieron también unas cualidades excepcionales (los dones preternaturales). Ni siquiera tenían que morir: al finalizar sus felices días en la tierra, pasarían sin pena alguna a la otra vida. Todo estaba primorosamente dispuesto para que no se descaminasen. Pero seguían disponiendo de la libertad y, aunque sólo podían pecar de soberbia, ¡lo hicieron!

En efecto, Adán y Eva sucumbieron ante «la idea de que podían “ser como dioses”, que podían desenvolverse por sí solos como si se hubieran creado a sí mismos»33. Podemos imaginar el grave dilema. El demonio, el mayor experto en engaño y desinformación, haciéndose pasar por alguien que no milita en contra de Dios, siembra en ellos certeramente la duda respecto a las intenciones divinas. Con astucia, inicia su ataque preguntando a la mujer: «¿Con que Dios os ha dicho: no comáis de todo árbol del huerto?»34.

Atraída su atención, sugiere que la amenaza divina no podía ser real —que no se iría todo al traste—: que aunque el Creador afirmaba querer ser padre, en el fondo, pretendía convertirles en esclavos. Tergiversa las intenciones del Creador, «poniendo en duda la verdad de Dios, que es Amor, y dejando la sola conciencia de amo y esclavo. Así, el Señor aparece como celoso de su poder sobre el mundo y sobre el hombre»35.

La caída de los primeros moradores de la tierra debió ser algo dramático. Entraron en pugna con Dios, que les había pedido que guardaran un único mandamiento: el de no comer del «árbol de la ciencia del bien y del mal»36. Esa única restricción les fue impuesta por su propio bien: para que evitaran la autosuficiencia; si se dejaban querer por Dios, recibirían todo lo que necesitaran, pero si desobedecían, las consecuencias serían catastróficas: afligirían inmensamente a su Padre, perderían todos los dones preternaturales y sobrenaturales, se dañarían irremediablemente a sí mismos y transmitirían ese lamentable estado a sus descendientes. ¡Y así fue! Por eso llegamos a este mundo con una naturaleza caída, venida a menos. Dios nos creó para ser felices amando como Él ama, pero nuestra naturaleza se ha deteriorado a causa del lastre que dejó aquel primer pecado. Echamos en falta la dignidad perdida. La buscamos sin cesar, pero rara vez en el lugar adecuado. Se diría que se ha instalado en nosotros aquella soberbia que provocó la caída original. El pecado original es, pues, un «dato oscuro pero real» que nos proporciona «la verdadera clave para interpretar la realidad»37. Si Dios no nos lo hubiese revelado, con la sola razón no habríamos descubierto su existencia, aunque existen indicios que nos habrían permitido sospecharlo38. Somos como águilas incapaces de levantar el vuelo a causa de una antigua fractura. Albergamos altos ideales pero, en el momento de la verdad, los hechos hacen patente nuestra debilidad.

De todos modos, sería demasiado cómodo echar toda la culpa al pecado original. Nuestra naturaleza se ha seguido deteriorando por culpa de los pecados posteriores, aunque ninguno será tan lúcido como el primero. La situación que hemos heredado hace que en nuestros pecados haya siempre cierta dosis de ignorancia y de debilidad. Por eso ningún pecado actual será tan culpable como el de nuestros primeros padres. Éste se parece al de los ángeles caídos, esas criaturas de gran perfección cuyo pecado de soberbia les convirtió en seres esencial e irremediablemente malvados. Pero hay una gran diferencia: por muy perfectos que fueran Adán y Eva, seguían siendo humanos, de modo que bien pudieron arrepentirse, pedir perdón y salvarse.

Ante las terribles consecuencias del primer pecado, surge inevitablemente la pregunta: ¿Por qué no hizo Dios borrón y cuenta nueva? ¿No habría sido ese el mejor modo de evitar tanta miseria posterior? Que no lo haya hecho corrobora lo que ya hemos intuido: que no somos como marionetas teledirigidas, y que Dios siempre es coherente a la hora de respetar nuestra autonomía hasta sus últimas consecuencias. Si alguien se empeña, por ejemplo, en disparar a un inocente, Dios no para la bala. Si nos tratara como a niños irresponsables, nunca aprenderíamos a tomarnos en serio la libertad. No coartarla conlleva respetar también todas sus implicaciones.

Dios se ha comportado como los mejores padres de la tierra. Éstos, si uno de sus hijos se mete en líos, sin dejar de respetar su libertad, hacen cualquier cosa con el fin de ayudarle. Si un hijo tuviera una enfermedad incurable, no escatimarían sacrificios a la hora de buscar un tratamiento. O si el hijo se hiciera drogadicto y no existiese ninguna institución para rehabilitarle, ellos mismos la fundarían. Dios ha actuado de modo semejante. Cuando sus hijos fueron contagiados por las secuelas del pecado, puso por obra todo un admirable plan redentor que culmina con la muerte en la Cruz de su Unigénito, el nuevo Adán, con la inestimable ayuda de María, la nueva Eva.

La solución que Dios concibió y puso por obra es sin duda la mejor: restaura las secuelas del primer pecado sin atentar contra los imperativos de la libertad. Lejos de indisponerse contra el pecador, su compasión le lleva a buscar una solución. Juan Pablo II hace notar que es un mismo y único amor el que inspira la creación y el plan redentor: «Ese inescrutable e indecible “dolor” de padre engendrará sobre todo la admirable economía del amor redentor en Jesucristo»39. Ese designio sigue respetando escrupulosamente nuestra libertad. Jesús nos obtiene en la Cruz un medicamento capaz de curar nuestras enfermedades, pero de ningún modo nos obliga a tomarlo.

En conclusión, si aún sabiendo hasta qué punto todo se podía torcer, Dios decidió crear el mundo, se debió a que su eterno designio ya contemplaba la futura Encarnación en vistas a la Redención. Endereza lo torcido y de paso, haciéndose hombre, nos facilita la correspondencia a su amor.

Bienes que se pueden seguir del sufrimiento

He aquí algunos beneficios que pueden obtener quienes sufren:

* Posibilidad de cambio. La adversidad propicia profundos cambios interiores. Tras el sufrimiento, uno ya no es lo que era, se vuelve mejor o peor. «El sufrimiento —se dice de pasada en una novela de Wilkie Collins— puede fomentar, y fomenta, el mal que existe latente en la humanidad, así como el bien latente»40. Según las propias disposiciones, el sufrimiento es una encrucijada tras la cual uno se acerca o se aleja de Dios. Es un gran riesgo del que se sirve Dios para sacar a alguien de su enquistamiento espiritual. Es una crisis saludable y, como cualquier crisis de crecimiento, el alma duele.

«Yo creo —escribe Rilke en una carta a alguien a quien le duele el alma— que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que nosotros percibimos como parálisis, porque ya no sentimos la vida de nuestros sentidos alienados. Porque estamos solos con el extraño que se nos ha introducido; porque, por un momento, se nos arrebata todo lo habitual y lo que nos inspiraba confianza; porque nos encontramos en una encrucijada donde no podemos permanecer. (...) Se nos podría hacer creer fácilmente que nada ha ocurrido y, sin embargo, hemos cambiado como cambia una casa en la que ha entrado un huésped. (...) Por eso es tan importante estar solo y atento cuando se está triste (...). Cuanto más silenciosos, pacientes, y abiertos nos mantengamos en la tristeza, más profundamente y certeramente se introducirá lo nuevo en nosotros, mejor lo heredaremos y en mayor medida será nuestro destino. Y cuando un día lejano, “se realice” (es decir, cuando pase desde nuestro interior hacia los demás), lo sentiremos cercano y familiar en lo más íntimo. (...) Usted sabe que se halla en una encrucijada y que no deseaba otra cosa que no fuera transformarse. Si en su proceso interior contrae una enfermedad, piense que la enfermedad es el medio del que se sirve el organismo para liberarse de lo extraño; limítese a ayudarle a estar enfermo, a dejar que aflore y estalle toda su enfermedad, pues ese es su progreso»41.

Toda enfermedad es una ocasión de volver a lo esencial. «En la enfermedad —dice el Catecismo de la Iglesia Católica—, el hombre experimenta su impotencia y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte. La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Puede también hacer a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a Él»42.

Llama la atención que las relaciones entre los esposos mejoran cuando uno de ellos tiene que luchar contra un cáncer. Se aprende a restarle importancia a las nimiedades. Mariam Suárez, por ejemplo, a quien cuando se le diagnosticó un cáncer le daban unas semanas de vida, cuenta lo nerviosa que le ponía, antes de la enfermedad, una simple gotera en el baño de su casa. Sin embargo, cuando volvió a casa después del primer tratamiento de quimioterapia, aquella gotera en el inodoro le produjo un ataque de risa. «También a raíz de la enfermedad —cuanta ella—, desaparecieron las discusiones con mi marido. No era que me pasara la vida discutiendo con él, sólo de vez en cuando, lo normal en cualquier matrimonio, pero de repente se instaló una paz infinita entre nosotros. Paradójicamente, la enfermedad había puesto las cosas en su sitio, dándoles su justo valor, discriminando automáticamente entre lo que es realmente importante y lo que no lo es. Hemos aprendido a dejar de lado un montón de cosas que no merecen la pena. En cierta forma —concluye la hija de Adolfo Suárez—, la enfermedad es como una tijera de podar, quita la hojarasca, lo superfluo, y sólo deja lo esencial. Entonces saltamos por encima de las pequeñeces con una facilidad impresionante. Supongo que todo esto sucede porque, situados ante la perspectiva de la muerte, nuestra visión del mundo cambia radicalmente»43.

* Purificación. La penitencia tiene un doble sentido: satisfacer la Justicia divina por los pecados, y purificación interior que nos hace aptos para gustar altas realidades de amor. Para ser contemplativo y poder saborear lo más alto, después de haber asumido todo lo noble, es preciso transcenderlo. Lo más importante no son mortificaciones espectaculares, sino morir por completo al amor propio. Si se entiende la lógica de la cruz, se comprenderá el siguiente texto de Santa Teresa de Lisieux: «Bien acoger el sufrimiento nos merece la gracia de un mayor sufrimiento... para poder llegar a la perfecta unión de Amor».

* Desprendimiento de lo terreno: el dolor es la mejor escuela de sabiduría. El sufrimiento nos transforma interiormente, nos ayuda a percatarnos de la efemeridad de lo temporal y nos hace ver las cosas de esta vida desde una perspectiva trascendente. Tras muchas contradicciones dice Galdós de la protagonista de una de sus novelas: «Las adversidades se estrellaban en el corazón de Benina, como las vagas olas en el robusto candil. Rompíanse con estruendo, se quebraban, se deshacían en blancas espumas, y nada más. Rechazada por la familia que había sustentado en días tristísimos de miseria y dolores sin cuento, no tardó en rehacerse de la profunda turbación que ingratitud tan notoria le produjo; su conciencia le dio inefables consuelos: miró la vida desde la altura en que su desprecio de la humana vanidad la ponía; vio en ridícula pequeñez a los seres que la rodeaban, y su espíritu se hizo fuerte y grande»44.

«Sólo el dolor hace crecer ?se afirma de pasada en una novela?, pero al dolor hay que enfrentarlo directamente; quien se escabulle o se compadece está destinado a perder»45. El problema del sufrimiento no se resuelve ni haciéndose el fuerte ni autocompadeciéndose, ni minimalizando ni exagerando. Es preciso asumirlo y aprender a transcenderlo por amor. El sufrimiento ayuda a madurar. Quienes lo hayan experimentado entenderán que el sufrimiento interior contribuye a esa maduración que todo ser humano debería emprender para llegar a ser verdaderamente libre. Bien lo expresa Viktor Frankl cuando afirma: «El verdadero resultado del sufrimiento es un proceso de maduración. La maduración se basa en que el ser humano alcanza la libertad interior, a pesar de la dependencia exterior»46.

Aunque sólo fuese por las razones ya aducidas, se empieza a vislumbrar que el sufrimiento siempre trae consigo un mensaje sumamente útil para el interesado. «Si un día el dolor llama a tu puerta —aconseja Nini Salvaneschi en su Consolación— no se la cierres ni se la atranques: ábresela de par en par, siéntalo en el sitial del huésped escogido, y sobre todo no grites ni te lamentes, porque tus gritos impedirán oír sus palabras, y el dolor siempre tiene algo que decirnos. El dolor siempre trae consigo un mensaje y una revelación».

* Nos detenemos por último en el sufrimiento como ocasión de corredimir con Cristo. Llegamos, por tanto, al genuino sentido cristiano del sufrimiento. Al fin y al cabo, la terrible experiencia del dolor puede presentar tres ventajas: una ocasión de purificación, un punto de encuentro para abandonarnos confiadamente en Dios y una oportunidad de corredención con Cristo. En esto último consiste precisamente la mayor aportación del cristianismo. Los otros dos elementos, purificación y abandono, suponen una gran ayuda para aceptar el sufrimiento, pero resultan insuficientes para amarlo como lo hace Jesucristo y quienes, como acabamos de ver, se identifican con Él.

En efecto, ya los sabios griegos apuntaron el valor purificador de las contradicciones desde un punto de vista exclusivamente humano. Por otra parte, como pone de manifiesto el Antiguo Testamento en el libro de Job, sabemos que nuestras cruces, a menudo tan inesperadas como incomprensibles, nos brindan una excelente ocasión de abandonarnos confiadamente en la amorosa providencia divina. La perspectiva cristiana asume y supera esos dos enfoques ya presentes en la sabiduría griega y judía. Gracias a esa nueva visión que Cristo nos ha revelado, podemos descubrir en el dolor, «no un determinismo despiadado, sino la mano amorosa de nuestro Padre del Cielo, que nos bendice con la exigencia amable de la Cruz»47. Urge, pues, profundizar en la posibilidad que tenemos todos los bautizados de convertir nuestros sufrimientos en una ocasión de corredimir con Cristo, ayudándole a consolar a Dios Padre y a salvar almas.

Una realidad poco conocida

Pocos son los cristianos conscientes de lo mucho que pueden aportar al Sagrado Corazón. Si oyen hablar del dolor de Cristo, están al corriente de lo mucho que sufrió durante la Pasión, pero consideran que ahora que está en el Cielo, ya nada le turba. Desconocen que, como afirmó Pío XI, «nosotros ahora, de un modo admirable y verdadero, podemos y debemos consolar ese Corazón Sacratísimo, continuamente herido por los pecados de los hombres desagradecidos»48.

La sintonía con los pesares del Corazón de Jesucristo resucitado no requiere que seamos expertos en teología. El sentido común nos dice que quienes están en el Cielo no le causan ningún motivo de preocupación. Pero si a Él, o a Dios Padre, no le afectase lo que hacemos en la tierra, sólo quedarían dos posibilidades: o no conocen lo que pasa aquí, o pasan de nosotros.

Ambas alternativas son igualmente absurdas, pues supondría una limitación impropia de su poder, o una indiferencia a todas luces incompatible con su amor. Por lo demás, ya ha salido a relucir que los sentimientos del Corazón de Jesús no han variado desde su Ascensión al Cielo. Sabemos que todo lo nuestro le afecta tanto cuanto nos ama.

El amor siempre comporta un aumento de la vulnerabilidad y de la capacidad de alegrarse. El afecto conduce a la identificación con las alegrías y penas de la persona amada. Todo amante, incluso el más perfecto, se expone a sufrir o a gozar. Según sea correspondido o no, experimenta dicha o pesar, agradecimiento o decepción.

Los actuales pesares del Corazón de Jesús se derivan, por tanto, de su amorosa identificación con cada uno de nosotros. No hay alegría o pena en la tierra que Él no comparta. En concreto, nuestras desgracias, especialmente el daño que nos causa cada pecado, le hacen sufrir tanto cuanto nos ama. En efecto, como recuerdan tantos autores, en la Cabeza del Cuerpo Místico repercuten los padecimientos de cada uno de sus miembros. San Josemaría, por ejemplo, afirma: «Ahora mismo Cristo sigue sufriendo en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la que es Cabeza, y Primogénito, y Redentor»49. Sabemos que los padecimientos redentores no están sólo ligados a su identificación con nosotros, sino también a su amor a Dios Padre. Ya hemos visto que el Creador «se ha hecho vulnerable»50, y que Jesucristo, en la Pasión, nos revela ese tremendo dolor divino a la vez que nos enseña a aliviarlo.

En definitiva, lo que más espolea nuestra generosidad es el gozo que nuestro amor procura al Corazón doliente de Jesús. Nada incita tanto nuestra correspondencia a su amor como la compasión que sentimos al percatarnos de lo mucho que sufre a causa de nuestros pecados. Sabemos que Jesucristo, ahora que está en el Cielo, ya no puede sangrar, pero sí llorar. Y su llanto resulta estremecedor, pues no procede de una sensibilidad superficial, sino de lo más hondo de un corazón amoroso y llagado. Si percibimos sus lágrimas, se remueven nuestras entrañas y nos sentimos urgidos a consolarle. El imperioso deseo de aliviar sus pesares nos saca de nosotros mismos. Nuestros problemas parecen rasguños insignificantes en comparación con sus heridas.

Esa reacción ante el sufrimiento ajeno no le sucede sólo a quienes tienen un gran corazón. Incluso la persona más egoísta, si presencia un grave accidente de tráfico y ve que el conductor, un perfecto desconocido, se está desangrando en el suelo, se siente urgido a socorrerle. Por tanto, ¿cómo amarán al Señor quienes desconocen los padecimientos de su Corazón y, en la práctica, piensan que nada le pueden aportar? ¿Qué habría hecho la Madre Teresa, por ejemplo, si el Señor no le hubiera hecho entender la sed que tiene de recibir su amor?

Es una lástima que tantos cristianos desconozcan esa realidad, más aún si consideramos que las consecuencias prácticas que de ella se derivan no son banales. ¿No será esa la razón por la que tantos católicos practicantes no viven esa unión amorosa con Cristo? Se limitan a cumplir rutinariamente sus obligaciones religiosas pero no adquieren una profunda vida interior. Se casan por la Iglesia, bautizan a sus hijos, y, para darles ejemplo, asisten cada domingo a la Santa Misa. Pero en esa especie de catolicismo social falta vida. Quizá se sorprenderían si les preguntáramos: «¿Piensas que Jesús te echa en falta si no le acompañas un rato junto al Sagrario?».

La falta de sintonía afectiva con Cristo resulta todavía más penosa si afecta a quienes se han comprometido a vivir el celibato apostólico. Si el amor al Señor no inspira su empeño, les queda la posibilidad de sacrificarse por amor a un ideal, por ejemplo, sacar adelante una labor asistencial o apostólica. Pero no es lo mismo amar a una persona que a un ideal. En eso, como en todo, la naturaleza no perdona. Si el amor a Cristo no alienta el esfuerzo de quienes le dieron todo, es probable que su entrega se desvirtúe, como sucede en cualquier matrimonio en el que se deteriora la relación entre los cónyuges: en vez de formar una familia entrañable, se convierten en una especie de sociedad anónima. A menudo, con el paso del tiempo, aparecen ataduras humanas que ponen en peligro la fidelidad. Y entre los que logran perseverar en su compromiso, unos, los más tibios, lo consiguen entregándose menos; otros, se afanan mucho, pero a menudo les asfixia ese voluntarismo que hunde sus raíces en el orgullo. En cualquier caso, no son muy felices.

Conviene, por tanto, insistir en el gran poder que tenemos sobre el Corazón doliente y agradecido de Jesús: porque sería injusto no hacerlo, porque es un acicate para nuestra correspondencia, y porque lo más obvio es a veces lo que menos se dice y más se olvida.
Sufrir para consolar

Lo que Edith Stein llamaba la ciencia de la Cruz es un gran misterio que se vuelve menos oscuro con las luces que aporta la Pasión de Cristo. A grandes rasgos, todos podemos suscribir estas palabras: «El sentido del dolor es la consecuencia de nuestro sentido de la vida. Se puede afrontar ese sufrimiento cuando se soporta por algo o por alguien. Es en el amor donde encuentra su sentido»51. La cuestión más relevante consiste en saber por qué y por amor a quién.

Estas palabras de San Josemaría condensan la sabiduría cristiana al respecto: «¿Qué importa padecer si se padece por consolar, por dar gusto a Dios nuestro Señor, con espíritu de reparación, unido a Él en la Cruz, en una palabra: si se padece por Amor?»52. La falta de sintonía con el Corazón doliente y agradecido de Cristo es un serio obstáculo para vivir con hondura el sentido cristiano del sufrimiento.

Según la doctrina de la Iglesia, estamos llamados a participar y a colaborar en la obra de la Redención53. Pero, ¿qué conlleva en concreto esa colaboración en la obra redentora de Cristo? ¿Qué significa, como señala San Pedro54, que el cristiano está llamado a compartir sus sufrimientos? ¿En qué sentido afirma San Pablo que completa en su carne «lo que falta a la Pasión de Cristo»55? Nuestro sufrimiento puede aliviar los padecimientos que Cristo ofrece para consolar al Padre y para salvar a las almas.

Corredimir con Cristo consiste en quitarle peso. Aparte de aligerar su cruz, esa unión corredentora nos permite ayudarle a consolar el dolor de Dios Padre y a amar, a distancia pero eficazmente, a todos los hombres sin distinción. Como escribe Juan Pablo II, «cada hombre está llamado a participar de aquel sufrimiento por medio del cual se realizó la Redención; está llamado a participar de aquel sufrimiento por medio del cual fue también redimido todo sufrimiento humano. Realizando la Redención mediante el sufrimiento, Cristo elevó al mismo tiempo el sufrimiento humano al nivel de la Redención»56.

En sentido estricto, nada podemos hacer hoy para que a Jesús le duelan menos los latigazos que recibió durante la flagelación. Tampoco podemos ayudarle a cargar con el peso de la Cruz en su camino hacia el Calvario como lo hizo Simón de Cirene hace veinte siglos57. En cambio, podemos aliviar su dolor moral a causa de los pecados que acontecen en la actualidad. Por eso afirmó Juan Pablo II que, «en la dimensión del amor, la redención ya realizada plenamente, se realiza, en cierto sentido, constantemente»58.

Para no alargarme, dejo de lado los pormenores teológicos y me limito a comentar una anécdota. Todavía recuerdo algo que dijo de pasada, durante una comida, un buen padre de familia. Se grabó en mi memoria quizá porque me hizo entender que, a la hora de sacrificarnos por amor al Señor, puede inspirarnos lo mismo que en cualquier amor humano. A ese buen padre le costaba mucho levantarse por las mañanas porque tenía un trabajo que duraba hasta altas horas de la noche. Además, desde que era pequeño, siempre había tenido un difícil despertar. Se sentía muy espeso cada mañana y, para estar en condiciones de afrontar el nuevo día, necesitaba tomarse varias tazas de café. Sin embargo, cuando salió a colación el amor a sus hijos, sin darse la más mínima importancia, dijo con gran convencimiento que supondría para él un gran sacrificio no levantarse por la noche cuando oía que estaba llorando alguno de sus hijos pequeños.

Así funciona nuestra naturaleza. No solemos escatimar esfuerzos a la hora de aliviar el dolor de quienes amamos. Desvelarse por la noche nunca será algo agradable, mientras que sí lo es ayudar a un hijo a superar una pesadilla. Ninguna persona cuerda ama el sufrimiento como un fin en sí mismo. Sin embargo, el sacrificio puede ser elegido gustosamente como medio para contribuir a la felicidad de un ser querido. Sólo así se entiende que los santos puedan amar el dolor a pesar del natural espanto que les produce. San Josemaría, por ejemplo, afirma que el sufrimiento le da «gozo y paz», porque siente «muchos deseos de reparación»: el amor le hace «gozar en el sufrimiento»59. También Jesús, en Getsemaní, sintió «tristeza y angustia»60, pero su amor al Padre y a nosotros le dio la fuerza necesaria para acometer y consumar la Pasión. Si le imitamos, también nuestro sufrimiento se vuelve ligero. El Señor no se deleita en nuestro dolor como tal; de hecho, por empatía, lo siente como propio. Sólo desea, en vistas a nuestro bien, que le amemos. Nuestro sacrificio voluntario le consuela en la medida en que es expresión de amor.

Además, sacrificarnos por el bien de otra persona nos lleva a quererla más. Al fin y al cabo, ésa es una de las razones por las que los buenos padres quieren tanto a sus hijos: porque llevan muchos años compadeciéndose de sus necesidades y, en consecuencia, sacrificándose por ellos. En el fondo, el amor y el dolor son dos realidades que se benefician mutuamente. Se da entre ellas una especie de mecanismo de retroalimentación. El amor hace más llevadero cualquier sacrificio, y sufrir por hacer feliz a quien amamos nos lleva a quererle todavía más.

Esa verdad humana cobra un significado mucho más profundo desde una óptica cristiana. «El amor hace fecundo al dolor y el dolor hace profundo al amor»61. Ya que la entrega sacrificada suele estar precedida por la compasión, también nosotros, al igual que tantos santos que nos han precedido, querremos con locura al Señor si, al meditar su Pasión, palpamos su amor y su dolor.

La compasión con su Corazón doliente será el mejor acicate para nuestra generosidad. Por amor a Él, quizá sin ganas pero siempre con gusto, nos emplearemos a fondo a la hora de realizar con la mayor perfección posible los pequeños deberes de cada instante. Como le sucedía a aquel buen padre encantado de desvelarse para ayudar a sus hijos, es de esperar que llegue un momento en el que no complicarnos más la vida suponga para cada uno de nosotros todo un sacrificio.

El ejemplo de los santos

Termino trayendo a colación algunos ejemplos elocuentes del sentido cristiano del sufrimiento. Tras veinte años en silla de ruedas, escribía Manuel Lozano Garrido: «El dolor es una llamada Tuya y un privilegio que canta en nuestra vida con la bravura de un río joven. Por eso, antes que nada, te damos, Señor, las gracias por la distinción de tu mirada, por la promoción de nuestras vidas al área redentora»62.

En una biografía de San Juan de Dios, dice éste a un peregrino de Jerusalén que afirma haber subido al Gólgota: «Me parece que todos estamos en el Gólgota y que debíamos compartir los padecimientos de Nuestro Señor para redimir al mundo de nuevo»63. A un enfermo que se queja que afirma que Dios se desentiende de la miseria humana, dice el santo: «No blasfeméis, señor. El Salvador en la cruz estaba peor que nosotros encima de estas losas. Él padeció por todos nosotros. ¿Vais a culparlo por dejarnos llevar parte de su carga?»64. Quien entienda a fondo la necesidad que tiene Cristo de Cirineos que le ayuden a llevar esa Cruz que dura ya veinte siglos, procurará que todas sus acciones se conviertan en bálsamo que alivia las heridas de su Corazón. Como decía un joven poeta: «Mas ¡qué dulce, cuán dulce este tormento! Por Ti, Jesús, me crucificaría si así evitase yo tu sufrimiento»65. Contemplando compasivamente los dolores de Cristo, surge espontáneamente el deseo de remediarlos. Así, otro poeta, José María Pemán, contemplando un crucifijo, exclama: «¡Cuerpo llagado de amores / yo te adoro y yo te sigo! / Yo, Señor de los señores. / quiero partir tus dolores / subiendo a la Cruz contigo. // (...) Quiero, Señor, en tu encanto / tener mis sentidos presos, / y unido a tu cuerpo santo, / mojar tu rostro con llanto, / secar tu llanto con besos»66.

El sufrimiento moral del Corazón de Jesús es un intenso dolor debido a la ingratitud, indiferencia y ofensas de los hombres. Jesús nos redime con ese dolor y pide obras de amor que consuelen sus penas a causa de tanto desamor. Es algo misterioso pero incluso un niño lo entendería. En un libro en el que se relatan escenas populares durante la Revolución francesa, le pregunta un amigo a una niña que, un viernes, va a depositar un ramo de flores a los pies de una cruz: «¿Adónde vas con ese gran ramo?». Ella responde cándidamente: «Las llevo para el Señor, hoy, el día de su Pasión. ¿No crees que esto le consolará un poquito de todo su dolor? (...) ¿Sabes?, pienso que hoy que tanto se ofende al Señor en todas partes, debe hacerle mucho bien que alguien le demuestre un poco de amor?»67.

Podemos aliviar la Cruz de Cristo de dos maneras: volcándonos directamente con Él o aliviando las penas de los demás por amor a Él. Tanto ama Jesucristo a cada hombre, que siente en su propia carne sus alegrías y sus penas. Meditando esas palabras de Chiara Lubich, se escribe en el diario de Julio Rodríguez, un misionero marista que en noviembre de 1996, cuando tenía cuarenta años, dio su vida por los habitantes de un campo de refugiados en la frontera entre Zaire y Ruanda: «La mayoría ve a los refugiados desde el punto de vista externo.

(...) Tú, Señor, me has enseñado que además de esto en ellos hay otra realidad escondida, la realidad de tu presencia. Por eso, porque sé que estás ahí, oculto tras cada piel morena, sufriendo en los huérfanos o en los llagados, es por lo que acudo corriendo a ti para consolarte, para aliviarte, para demostrarte mi amor»68.

Un cristiano que ha calado a fondo en el sentido corredentor del sufrimiento con Cristo no tiene miedo al dolor. «El que teme padecer, padece ya lo que teme», se suele decir. En los santos, sucede lo contrario: no sólo no temen padecer, sino que lo desean ardientemente. La Madre Teresa de Calcuta, que tanto sabía de todo esto, decía: «Jamás el dolor estará ausente por completo de nuestras vidas. Si lo aceptamos con fe, se nos brinda la oportunidad de compartir la Pasión de Jesús y de demostrarle nuestro amor»69.

Sólo desde esa perspectiva se entienden bien algunos aspectos de la vida cristiana, como es el sentido de la mortificación. «Poderoso es el sufrimiento cuando es tan voluntario como el pecado» sintetiza Claudel70. Lo mismo sucede para comprender las afirmaciones de los santos que han llegado al tercer estadio de la ciencia de la cruz: no sólo aceptarla y amarla, sino incluso desearla ardientemente. Para entender que Santa Margarita María Alacoque diga: «no hay nada que me atraiga tanto como la Cruz» o «sufro tan poco, que mi mayor sufrimiento consiste en que no sufro suficientemente»71, hace falta, como ella, conocer la hondura del Corazón de Jesús y amarle con locura.

Encontramos afirmaciones similares en todos los santos. Recordemos dos ejemplos más: Santa Teresita y San Josemaría. Nada hizo sufrir tanto a la santa de Lisieux como la demencia senil de su santo padre. Sin embargo, escribía: «Sí, los tres años del martirio de papá me parecen los más amables, los más fructuosos años de toda nuestra vida. No los cambiaría por los éxtasis y revelaciones de los santos. Mi corazón rebosa de gratitud al pensar en ese tesoro inestimable, capaz de despertar una santa envidia aun en los mismos ángeles de la corte celestial...»72. San Josemaría, a sus treinta años, escribía en sus apuntes íntimos: «Jesús, siento muchos deseos de reparación. Mi camino es amar y sufrir. Pero el amor me hace gozar en el sufrimiento, hasta el punto de parecerme ahora imposible que yo pueda sufrir nunca. Ya dije: a mí no hay quien me dé un disgusto. Y aún añado: a mí no hay quien me haga sufrir, porque el sufrimiento me da gozo y paz»73.

Ciertamente, la actitud de los santos ante el sufrimiento es algo desconcertante. ¿Cómo se explica que el sufrimiento les procure gozo? Como hemos visto, la única explicación satisfactoria está ligada a esa locura de amor con la que se corresponde a la locura de amor de Cristo. «Hay intercambios de amor que sólo se hacen sobre una cruz»74, decía una santa francesa. Los santos se percatan de la hondura del amor de Cristo y no escatiman esfuerzos a la hora de aligerar su Cruz. Sólo quien ama más de lo que padece es capaz de sacrificarse gustosamente por el amado. Es esa libertad del amor que lleva a realizar cualquier sacrificio con tal de poder reconfortar o aliviar el dolor del amado. Un corazón compasivo siente como propias las necesidades ajenas —sufre con ellas— y trata de remediarlas.

Si de verdad amamos a Jesús, si vivimos cerca de su Corazón y somos generosos, también nosotros nos conmoveremos ante sus heridas y nos encenderemos en eficaces deseos de reparación. ¡La alegría de mitigar sus padecimientos redentores será nuestra fuerza!

En suma, si se entiende la Corredención, es más fácil —o menos difícil— explicar —¡y vivir!— el sentido reparador del sufrimiento. El dolor se vuelve gozoso si se ofrece con el fin de agradar a Jesús, como bálsamo reconfortante, capaz de aliviar las heridas de su Corazón.

Termino con una frase de Juan Pablo II: «El amor es la fuente más rica del sentido del sufrimiento que sigue siendo un misterio. Somos conscientes de que nuestras explicaciones son insuficientes y limitadas. Cristo nos permite entrar en este misterio y descubrir el porqué del sufrimiento, en la medida en que somos capaces de entender la excelencia del amor divino»75.

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1. S. Martín, María, camino de perfección, Ediciones Martínez Roca, Barcelona 2001, p. 27.
2. J. Escrivá, Via Crucis, V estación, n. 1.
3. Juan Pablo II, Homilía en la Canonización de Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), 11-X-98.
4. S. Martín, El suicidio de San Francisco, Planeta, Barcelona 1998, p. 135.
5. P. Claudel, L’annonce faite à Marie, Gallimard, París 1940, p. 143.
6. S. Pablo de la Cruz, Epist., 1, 43.
7. «Cuanto más íntimo es el sufrimiento —escribía Sta. Teresa de Lisieux—, menos aparece a los ojos de las criaturas, y más os alegra, Dios mío».
8. C.S. Lewis, El problema del dolor, Rialp, Madrid 1994, p. 97.
9. C.S. Lewis, Una pena en observación, Anagrama, Barcelona 1994, p. 40.
10. Ibidem, p. 64.
11. A. Vázquez-Figueroa, África llora, Plaza & Janés, Barcelona 1994, p. 270.
12. Madre Teresa de Calcuta, Orar, Planeta, Barcelona 1997, p. 158.
13. Gal. 6, 7.
14. Como observa San Josemaría, la verdad es inseparable de la alegría: «la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra» (Forja, n. 1005).
15. V. E. Frankl, El hombre en busca de sentido, Herder, décima edición, Barcelona 1989, p. 128.
16. 2 Cor. 5, 10.
17. Como afirmó Benedicto XVI en el Parlamento Británico, «después de todo, dicho abuso de la razón fue lo que provocó la trata de esclavos» (Discurso en Westminster Hall del 17 de septiembre de 2010).
18. Véase, por ejemplo, Mt. 7, 21; o Mt. 24, 42-51.
19. Lo decía el pensador francés Jacques Maritain (en V. Messori, Por qué creo, o.c., p. 354).
20. 2 Cor. 9, 6.
21. En A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1983, p. 232.
22. Cfr. Mt. 25, 14-30.
23. Juan Pablo II, Dies Domini, n. 63.
24. Nos ocupamos ante todo del origen del mal moral, que proviene del mal empleo de la libertad por parte de seres humanos y de ángeles caídos (demonios), que introdujo, y sigue introduciendo, sufrimiento en el mundo. Dejamos de lado el mal ontológico: esa limitación de la criatura, en comparación con Dios, que es inherente al hecho de crear. Dios nos podría haber hecho más perfectos, como los ángeles, pero también ellos tienen libre albedrío, y cuando han empleado mal su libertad, han dado lugar a mayor dolor y sufrimiento. Tampoco nos ocupamos del mal físico, ese deterioro del mundo material misteriosamente introducido por el primer pecado, que conlleva enfermedades y cataclismos naturales.
25. Gaudium et spes, n. 24.
26. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés, Barcelona 1994, p. 81.
27. E. Stein (Santa Teresa Benedicto de la Cruz), Pensamientos, Monte Carmelo, Burgos 1999, p. 50.
28. U. Borghello, Las crisis del amor, Rialp, Madrid 2003, p. 167.
29. Benedicto XVI, Mensaje del 21 de noviembre de 2006, para la Cuaresma 2007, n. 5.
30. G. Magro, Los caminos de Dios en la tierra, en «Scripta Theologica», 31 (1999), p. 521.
31. Cfr. Os., 11, 8 y 9; Mt. 25, 34-35; 28,20; Lc. 15, 11-32; Hech. 9,4; 22, 7-8.
32. Benedicto XVI, Spe salvi, n. 39. Véase también Deus Caritas est, nn. 9-10. Suele afirmar el Santo Padre que el amor de Dios no es sólo Ágape, sino en cierto sentido también Eros, esto es, un «amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad» (Mensaje del 21 de noviembre de 2006, n. 5).
33. C. S. Lewis, Mero cristianismo, Rialp, Madrid 1995, p. 66.
34. Gen. 3, 1.
35. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, o.c., p. 221.
36. Gen. 2, 17.
37. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, o.c., p. 221.
38. Según Santo Tomás de Aquino, «se puede probar con bastante probabilidad» (Summa contra gentiles, lib. IV, cap. LII). Es como un rompecabezas en el que falta un dato y, cuando se encuentra, todo cuadra. John Henry Newman, beatificado el 19 de septiembre de 2010, pone el ejemplo de un joven mendigo en el que, si se observa de cerca, se perciben ademanes propios de alguien que ha nacido en el seno de una familia acomodada. Todo hace pensar que algún tipo de calamidad tuvo que sucederle en su tierna infancia (cfr. Apologia pro vita sua, Brand, Bussum 1948, p. 312-314).
39. Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, n. 39.
40. W. Collins, Armadale, Ediciones B, Barcelona 1990, p. 327.
41. R. M. Rilke, Cartas a un joven poeta, Ed. Obelisco, 2ª edición, Barcelona 1997, p. 74, 75 y 81.
42. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1500-1501.
43. M. Suárez, Diagnóstico: cáncer. Mi lucha por la vida, Galaxia Gutemberg/Círculo de lectores, Barcelona 2000, p. 56.
44. B. Pérez Galdós, Misericordia, Cátedra, Madrid 1982, p. 307.
45. S. Tamaro, Donde el corazón te lleve, Seix Barral, decimoquinta edición, Barcelona 1995, p. 168.
46. En J. P. Manglano, ¿Se puede aprender a sufrir?, Desclée de Brouwer, Bilbao 1999, Prólogo.
47. J. Echevarría, Homilía del 23 de octubre de 2010 en el Campus de la Universidad de Navarra (véase opusdei.org).
48. Pío XI, Miserentissimus Redemptor, n. 17.
49. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 168.
50. J. Ratzinger, Jesús de Nazaret, La Esfera de los Libros, Madrid 2007, p. 178.
51. A. Vázquez, Juan Larrea, un rayo de luz sobre fondo gris, Palabra, Madrid 2009, p. 33.
52. San Josemaría, Camino, n. 182.
53. Cfr. Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, n. 62.
54. Cfr. 1 Petr. 3, 14.
55. Col. 1, 24.
56. Juan Pablo II, Salvifici doloris, n. 19.
57. Cfr. Mt. 27, 32; Mc. 15, 21; Lc. 23, 26.
58. Juan Pablo II, Salvifici doloris, n. 24. La explicación clásica de la actualidad de los padecimientos de Cristo estriba en que todas sus acciones, por ser verdadero Dios, trascienden los límites del tiempo y del espacio. Puesto que «participa de la eternidad divina» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1085), nosotros, dos mil años después, podemos realmente modificar el peso de su Cruz. Pero no olvidemos que Jesús, además de Dios, es también hombre como nosotros. Por eso, la actualidad de la Pasión de Cristo se puede explicar también atendiendo a su naturaleza humana. Ya que su Cristo-Hombre nos contempla desde el Cielo, no es de extrañar que todo el bien y el mal en la tierra repercuta en su Corazón glorioso.
59. En A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Vol. I: ¡Señor, que vea!, Rialp, Madrid 1997, pp. 418-419.
60. Mt. 26, 37.
61. Juan Pablo II, Homilía del 11 de octubre de 1998, con motivo de la canonización de Edith Stein.
62. En M. A. Velasco, Santos de andar por casa, Planeta, Barcelona 1999, p. 97.
63. W. Hünermann, El mendigo de Granada. Vida de San Juan de Dios, Palabra, Madrid 1993, p. 108.
64. Ibidem, p. 169.
65. B. Lloréns, Sonetos a Jesucristo, en J.I. Poveda, Una sed de eternidades, Rialp, Madrid 1997, p. 138.
66. J. M. Pemán, Pasión según Pemán, Edibesa, Madrid 1997, p. 87.
67. W. Hünermann, Las barricadas de Dios. Escenas populares de la Revolución francesa, Palabra, Madrid 1989, p. 102.
68. En S. Martín, El silencio de Dios. Diario de un prisionero mártir, Planeta, Barcelona 1977, p. 100.
69. Madre Teresa de Calcuta, Orar, o.c., pp. 159-160.
70. P. Claudel, L’annonce faite à Marie, o.c., p. 144.
71. En J. Croiset, The devotion to the Sacred Heart of Jesus, o.c., p. 13 y 14.
72. T. de Lisieux, en o.c., p. 89.
73. J. Escrivá, Apuntes íntimos, n. 582 (del 24 de enero de 1932); en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. I: ¡Señor, que vea!, Rialp, Madrid 1997, pp. 418-419.
74. Isabel de la Santísima Trinidad (1880-1906), Souvenirs, Saint-Paul, París, 95e mille, p. 179.
75. Juan Pablo II, Salvifici dolores, n. 13.
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