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Tema 6. Ética fundamental: verdad y libertad

Autor: Michel Esparza | Fuente: http://sontushijos.org
Curso en línea "Catequesis básica para padres"
Tema 6. Ética fundamental: verdad y libertad
Tema 6. Ética fundamental: verdad y libertad
Ética fundamental: verdad y libertad

(Estos son los dos puntos que quería tratar.
Primero, que los seres humanos del mundo entero tienen la curiosa idea de que deberían comportarse de una cierta manera, y no pueden librarse de ella.
Segundo, que de hecho no se comportan de esa manera. Conocen la ley de la naturaleza, y la infringen.
Estos dos hechos son el fundamento de todas las ideas claras acerca de nosotros mismos y del universo en que vivimos (
(C. S. Lewis, Mero Cristianismo, Rialp, Madrid 1995, p. 26)


1) Introducción

En una novela sueca, comenta un policía que se queja del aumento de la violencia: «Este país ha cambiado. Se ha cruzado una frontera invisible y, en consecuencia, generaciones enteras de jóvenes se arriesgan ahora a perder el norte, puesto que nadie les enseña a distinguir el bien del mal. De hecho, ya no existe ni lo bueno ni lo malo. Todos invocan sus propios intereses»1. En efecto, reflexionar sobre la moralidad de nuestras acciones tiene especial importancia en nuestros días. Vivimos inmersos en un mundo relativista que ha perdido de vista los puntos de referencia objetivos de la moral. En un descanso durante una excursión por los Pirineos, debido a las características acústicas del lugar, no pude dejar de oír una conversación a cierta distancia entre un hombre y su hija de unos cinco años. Resultaba muy molesto que aquel hombre intercalara continuamente diversas blasfemias en su conversación y difamase a personas ausentes, sin percatarse del mal ejemplo que estaba dando a su hija. En un momento dado, la hija —cansada ya de cantar y bailar el A-se-re-je— dijo: «Aita, voy a ver si cojo algún renacuajo». Entonces, su padre, inspirado por un súbito sentido moral y pedagógico, le respondió: «No, hija mía, ni se te ocurra hacer daño a los pobres animales; ¡ni tocar!». No le importaba ofender a Dios y a sus semejantes pero, quizá influído por tras tantas tertulias en la radio o televisión políticamente correctas, lo poco claro que tenía era que a los animales había que dejarles tranquilos.

Como afirma Benedicto XVI, «la gran enfermedad de nuestro tiempo es su déficit de verdad. El éxito, el resultado, le ha quitado la primacía en todas partes»2. Por falta de puntos de referencia objetivos y en nombre de una mal entendida tolerancia, predomina hoy en día una Ética relativista. Que algo sea moralmente admisible o reprobable depende de la opinión de la mayoría. Los valores éticos se convierten en moneda de cambio entre partidos políticos. A veces, incluso, se defienden actos abominables —como, por ejemplo, experimentos que conllevan la destrucción de vidas humanas— alegando presuntas razones de tipo humanitario, cuando las verdaderas razones subyacentes tienen que ver con intereses económicos. En esta situación, muchos confunden legalidad con moralidad. Pero que una acción esté permitida por las leyes de un país no significa necesariamente que esa acción sea moralmente admisible.

Vale la pena hacer esta reflexión moral, porque nos será más fácil decidirnos a hacer el bien si entendemos que vale la pena. Según la Iglesia Católica, con la sola razón se puede demostrar la existencia de un código ético universal. A lo largo de estas sesiones, reflexionaremos sobre el modo de discernir entre lo que en inglés llaman right or wrong. En esta primera sesión, estudiaremos algunos fundamentos de la Ética (Ética fundamental); veremos en concreto, cómo conjugar lo objetivo (la verdad) con lo subjetivo (la libertad). En las otras sesiones, discurriremos sobre algunos aspectos concretos del obrar moral ligados al matrimonio (Ética aplicada).

Dividiremos esta primera sesión en dos partes. En la primera, ahondaremos en la existencia de una verdad moral objetiva (ley natural); intentaremos mostrar que lo que está bien o mal, desde el punto de vista moral, no depende de la cultura o de acuerdos democráticos pero arbitrarios, sino que tiene un fundamento objetivo válido para personas de toda época, raza y cultura. En la segunda parte, veremos que la moralidad no tiene sólo que ver con elementos objetivos (verdad y ley), sino también con aspectos subjetivos (libertad y conciencia).

2) ¿Existe una verdad moral objetiva?

La fundamentación de la moral en la naturaleza humana


¿Cómo saber a priori lo que está bien y lo que está mal? Si la ley moral fuera el producto de una convención política, no tendría fuerza para obligar en conciencia. Si no existe una moral objetiva, de modo que cada uno es libre de seguir sus propias ideas al respecto ¿con qué derecho podríamos afirmar que Hitler, Stalin o Milósevic se comportaron de modo reprobable? Si nuestras ideas morales pueden ser más verdaderas, y las de los nazis menos verdaderas, debe de haber una especie de Moral objetiva que está por encima de las opiniones particulares: una ley de la naturaleza que, aunque no la respetemos, mide nuestras acciones, una verdad moral con la que nuestras acciones se adecuan o no. Si, tras no pocos esfuerzos, hemos abolido la esclavitud, no ha sido porque la mayoría haya impuesto su opinión, sino porque estamos convencidos de que la esclavitud fue, es y será siempre contraria a la verdad moral, es decir, contraria a la dignidad humana y, por tanto, inhumana. Los abolicionistas no lucharon por imponer una mera opinión, sino que lo hicieron convencidos de que la esclavitud era, es y será esencialmente inhumana.

A lo largo de la historia, la ley natural ha sido la única tentativa que ha tenido éxito a la hora de fundamentar una moral válida para todos los hombres de toda época, raza y cultura. Ha habido otros intentos —como el de Kant o el de Scheler—, pero al no anclarse del todo en la objetiva naturaleza de las cosas, no consiguieron fundamentar una moral universal. En la filosofía de los últimos siglos, se empezó dudando de nuestra capacidad de conocer la realidad y se terminó poniendo en duda la existencia misma de esas realidades, como la naturaleza de las cosas, que no se perciben con los sentidos sino con el intelecto. Pero esas realidades metaempíricas existen. Del mismo modo que, lo queramos o no, existe la ley de la gravitación universal, existe también, en el ámbito moral, la ley natural. Cuando un científico investiga la realidad física o el funcionamiento fisiológico del cuerpo humano, sabe que hay una verdad que él intentará descubrir. Del mismo, al preguntarnos qué acciones humanas son buenas, neutras o malas, no estamos ante algo arbitrario: sabemos que existe una verdad por descubrir y que nuestras opiniones están necesariamente medidas por esa verdad.

La existencia de la ley natural es un hecho corroborado por la historia de la humanidad. En efecto, observamos que los hombres de todas las épocas han dado por sentado que existe un código ético por encima de las opiniones individuales. Nadie duda los principios básicos de la moral, como la obligación de hacer el bien y de evitar el mal, de no atentar contra el inocente, y de comportarse con los demás como quisiéramos que ellos se comporten con nosotros mismos. Ciertamente, encontramos discrepancias entre las diversas culturas en cuanto a otros preceptos morales menos evidentes, ya sea por ignorancia o por falta de honestidad, pero de lo esencial nadie duda. En los puntos esenciales, todos sabemos cómo deberíamos comportarnos, aunque, a veces, no lo reconozcamos. Y en cuanto a preceptos menos elementales, si fuéramos suficientemente inteligentes y honestos, llegaríamos a las mismas conclusiones.

Un estudio antropológico de las diversas culturas confirmaría la existencia de la ley natural. «Sé que algunos —afirma Lewis— dicen que la idea de la ley de la naturaleza o del comportamiento decente conocida por todos los hombres no se sostiene, dado que las diferentes civilizaciones y épocas han tenido pautas morales diferentes. Pero eso no es verdad. Ha habido diferencias entre pautas morales, pero éstas no han llegado a ser tantas que constituyan una diferencia total. Si alguien toma el trabajo de comparar las enseñanzas morales de, digamos, los antiguos egipcios, babilonios, hindúes, chinos, griegos o romanos, lo que realmente le llamará la atención es lo parecidas que son entre sí y a las nuestras. [...] Piénsese en un país en el que la gente fuese admirada por huir en la batalla, o en el que un hombre se sintiera orgulloso de traicionar a toda la gente que ha sido más bondadosa con él. Lo mismo daría imaginar un país en el que dos y dos sumaran cinco. Los hombres han disentido en cuanto a sobre quiénes ha de recaer nuestra generosidad —la propia familia, o los compatriotas o todo el mundo—. Pero siempre han estado de acuerdo en que no debería ser uno el primero. El egoísmo nunca ha sido admirado. Los hombres han disentido sobre si se deberían tener una o varias esposas. Pero siempre han estado de acuerdo en que no se debe tomar a cualquier mujer que se desee»3.

¿En qué consiste la ley natural? El nombre como tal se presta a equívoco, puesto que natural no es lo contrario a artificial. La naturaleza humana no es sólo biológica. No comer cuando se tiene hambre, pudiéndolo hacer, es algo antinatural y, sin embargo, cuando se hace por una razón superior, constituye una acción moralmente meritoria. Más que antinatural habría que decir que una mala acción es inhumana. La naturaleza humana no es sólo animal, sino también espiritual. Cada uno, según su comportamiento, se animaliza o se espiritualiza. Hacerse más espiritual conlleva poner las pasiones al servicio de algo superior.

Conviene también recordar que el término naturaleza no significa algo estático, sino dinámico. Se trata de un plan preestablecido que se dirige a la consecución de un fin último. El objetivo final impreso en nuestra naturaleza consiste en ser felices amando. Nos realizamos en la medida en que aprendemos a amar verdadera y libremente a Dios y a nuestros semejantes. La moralidad de nuestras acciones depende de su vinculación con ese fin último. Una acción será considerada buena, mala o neutra según nos acerque, nos aleje o no afecte a la consecución de ese fin último.

La ética no es, pues, algo negativo: una serie de reglas que limitan mi libertad. Se trata más bien del arte de vivir. Según cómo evolucionemos, nos hacemos o nos deshacemos. En el caso ideal, se da una perfecta integración de las diversas potencias espirituales y afectivas. La virtud congrega, el vicio disgrega. El hombre se perfecciona y es feliz en la medida en que integra todos sus recursos con el fin de amar cada vez más y mejor. Si lo logra, vive en armonía con Dios, consigo mismo y con los demás. El desamor, en cambio, como afirma Juan Pablo, «aleja al hombre de Dios, lo aleja de sí mismo y de los demás»4.

Como al comprar un electrodoméstico, se podría decir que nuestra naturaleza nos presenta un libro de instrucciones para el usuario. Cuanto mejor sigue uno esas instrucciones, más se perfecciona y mayor es la unidad entre todos sus recursos. En cambio, quebrantar las instrucciones resulta dañino, pues conlleva una progresiva disgregación de las diversas esferas. La recta vida moral consiste en andar por el buen camino y, eventualmente, en desandar el camino equivocado, poniendo orden en el desbarajuste interior que han causado nuestros errores. Y no se trata de rectificar únicamente actos puntuales. Es preciso corregir también orientaciones y actitudes de fondo egocéntricas.

Sería una pena malgastar nuestras energías persiguiendo fines que no nos hacen mejores. «Hay quienes trabajan duramente a lo largo de muchos años por conseguir algo que, en realidad, les está destruyendo como personas. Es patético pero frecuentísimo»5.

Las reticencias contra la ley natural

Hablar de la ley natural no está de moda. Es como un tabú. Recuerdo una entrevista con un catedrático católico acomplejado; en cuanto sus argumentos le llevaban a postular la ley natural, la rechazaba de modo espasmódico. Decía que observaba en todos los hombres cierto instinto moral: «La biología evolutiva nos enseña que tenemos una tendencia genética hacia la ética, se diría que estamos impelidos a ella por naturaleza. Ninguna especie animal tiene un lenguaje, una capacidad de abstracción y una posibilidad de prever diversos tipos de comportamiento». Y se apresuraba a añadir: «Pero el contenido de las normas morales no tiene nada que ver con esa tendencia genética. Eso es una cuestión de cultura. Una cuestión de consenso. No veo que se pueda llegar a una moral universal. La moral no se puede derivar de la naturaleza». En los confusos años setenta, tuve en la universidad un profesor de ética parecido. Era sacerdote y se empeñaba en demostrar que no existía la ley natural: que todo dependía de la cultura.

Argumentaba diciendo que en Europa, para saludar a alguien, se le tiende una mano, mientras que en Japón lo correcto es hacer una inclinación de cabeza. Esos argumentos me parecían muy flojos. Es evidente que en Europa y en Japón la cultura dictamina que la gente se salude de manera diferente, eso es accidental, pero tanto allí como aquí la moral indica que tenemos que ser acogedores, que no podemos quedarnos en formalismos externos: que debemos evitar la hipocresía comportándonos de modo auténtico.

¿Por qué hay tantas reticencias a la hora de admitir que existe la ley natural? ¿Qué razones de fondo existen para atacar la ley natural aun conociéndola? Pienso que esto tiene que ver con una falta de honestidad más o menos consciente. Por una parte, si existe una ley moral objetiva, hay quienes se sienten coaccionados en su libertad, porque si no se sujetan a esa ley, se les puede reprochar un comportamiento inmoral. Observo que nunca ha habido tantas críticas a la ley natural como tras la publicación, en 1968, de la Encíclica Humanae vitae acerca de la moral matrimonial. Por otra parte, detrás de una ley que nosotros no hemos creado, debe haber Alguien que lo haya hecho. En efecto, si esa ley está ahí, la siguiente pregunta que uno se hace es: ¿Y quién es el artífice de esa ley? La respuesta es sencilla: el mismo que ha creado el mundo.

En efecto, la ley natural forma parte de un ordenamiento mucho más amplio que se llama la ley eterna. Todo el universo ha sido creado conforme a una ratio, desde las leyes que rigen los movimientos de los astros hasta las leyes fisiológicas que regulan la vida animal. Dios crea el mundo siguiendo un plan y la ley natural es precisamente la parte de ese plan que concierne al hombre. Es una ley no promulgada solemnemente, pero que está ahí. Además, los principios fundamentales de esa ley moral están inscritos en la conciencia de cada hombre.

Dado que esos principios se pueden oscurecer por falta de honestidad personal o por vivir en una cultura que los silencia, Dios nos ha echado una mano revelándolos positivamente. Tenemos, ante todo, los Diez Mandamientos revelados a Moisés. Por ser un buen compendio de la ley natural, tienen una validez universal. Esos preceptos morales no dicen nada que no pudiéramos descubrir por nosotros mismos, pero revelándolos se asegura que todos los hombres puedan conocerlos sin error. Más tarde, Jesucristo reveló nuevos y más profundos preceptos dirigidos a los cristianos; para poder cumplirlos, nos obtiene en la Cruz una ayuda decisiva: la gracia. En última instancia, si algo no estuviera claro, los católicos contamos con el Magisterio de la Iglesia a través del cual nos habla Cristo mismo. De la ética, pasamos, pues, a la Teología Moral.

Esta ética cristiana comprende toda la ley natural, pero nos lleva mucho más lejos. Las Bienaventuranzas, por ejemplo, son un verdadero programa moral que incluye y sublima los Mandamientos. Son como un retrato de Jesús y constituyen todo un modelo de conducta. Las Bienaventuranzas suprimen cualquier frontera en el amor al prójimo. Así, se nos manda amar a los enemigos, lo cual supera la antigua ley del talión. Cada Mandamiento es llevado más lejos. El quinto ya no consiste sólo en “no matar”, sino también en “no irritarse” ni “insultar” al prójimo.

Es lógico que la ética cristiana vaya mucho más lejos que la ley natural, puesto que toda ética depende de una antropología, es decir, que la conducta que se proponga al ser humano depende de la idea que se tenga de él. Es lógico que no se espere lo mismo de un hombre que sólo conozca la declaración universal de los derechos humanos, que de un hombre que se sabe creado por Dios a su imagen y semejanza y que, por el bautismo, ha sido hecho hijo de Dios, partícipe d la naturaleza divina y llamado a la santidad, es decir, a vivir la vida misma de Cristo. Como afirma Juan Pablo II, «seguir a Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana... No se trata sólo de escuchar una enseñanza y de cumplir unos mandamientos, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino»6.

A esta ley promulgada por Cristo se le llama ley divino-positiva. Por último, para terminar con el elenco de leyes, en un contexto civil o eclesiástico, tenemos las leyes promulgadas por los hombres. Éstas obligan en conciencia en la medida en que son leyes justas, esto es, en la medida en que concretan la ley natural (leyes civiles) o de la ley divino-positiva (leyes eclesiásticas). En total existen, pues, cuatro tipos de ley: eterna, natural, divino-positiva y humana.

Relaciones entre Moral autónoma y Ética cristiana

Puesto que postular la existencia de la ley natural conlleva preguntarse por el Autor de esa ley, ¿significa eso que no es posible separar ética y religión, moral autónoma y ética cristiana? En teoría podemos situarnos en un ámbito laico, poniendo entre paréntesis el Autor de la ley natural. Cabría una ética no religiosa sobre la base de una concepción racional de la dignidad de la persona humana. Esto es así porque la ley moral es una verdad que está inscrita en nuestra naturaleza y que podemos descubrir con nuestra inteligencia. Ya dijimos que todos llegaríamos a las mismas conclusiones éticas si todos fuésemos suficientemente inteligentes y honestos. Además, este enfoque nos permite a los cristianos dialogar abiertamente con conciudadanos no creyentes. Así no nos pueden decir si, por ejemplo, rechazamos el aborto, que les estamos imponiendo nuestra religión. La primera razón que me lleva rechazar el aborto es de naturaleza humana. Estoy convencido de que matar a una persona indefensa e inocente es esencialmente inmoral, es decir, injusto e inhumano. Al mismo tiempo, como católico, sé además que es se trata de una gran ofensa a Dios y que no me equivoco puesto que la Revelación me lo confirma.

En el sentido expuesto, es posible, por tanto, una moral autónoma. En la práctica, sin embargo, se observa que cuando se pone entre paréntesis al Autor de la naturaleza, se pierde gran parte de la obligatoriedad de la moral y se corre el riesgo de terminar relativizando también la objetividad de la ley natural. Sin recurrir a Dios, es difícil fundamentar valores universales válidos para todos los pueblos y que todos se sientan obligados a practicarlos. Es, en efecto, lo que ha sucedido en la historia de los últimos siglos. En el siglo XVIII, en la época de la Ilustración, se puso a Dios entre paréntesis, pero se aceptaba la ley natural como fuente primaria del derecho (iusnatutalismo). Sin embargo, eso propició la posterior evolución relativista. Al no fundamentar la naturaleza en Dios, se intentó buscar otros fundamentos. El materialismo dialéctico de los marxistas propuso a la Historia como punto de referencia superior. A la larga, la Historia, no se sabe cómo, velaría por el acierto de los postulados éticos. Y en nombre de la Historia se cometieron todo tipo de atrocidades. También el nazismo intentó separar la moral de la religión, con los consabidos resultados. Se apoyaron en la Constitución de Weimar, de corte relativista, y llegaron a lo peor. Como afirmó Pío XII, testigo de los horrores nazis, «cuando temerariamente se niega a Dios, todo principio de moralidad queda vacilando y perece, la voz de la naturaleza calla o al menos se debilita paulatinamente»7. No pocas veces, el ateísmo ha sido responsable de la impiedad para con el hombre. Ya lo decía Chesterton: «Quitad lo sobrenatural, lo único que quedará es lo no natural». No sólo porque desaparecen los puntos de referencia, sino también porque, sin la ayuda de la gracia, nuestra naturaleza, dañada por el pecado, se animaliza, tanto a nivel personal como social.

¿Por qué «si se niega a Dios, los preceptos morales se desintegran por completo»8? Pienso que se debe a nuestra debilidad. Una persona lista y honesta puede conocer la ley natural, pero si no hay ninguna autoridad clara que la respalde, encuentra fácilmente razones para escabullirse. En primer lugar, el autoengaño es más fácil porque uno puede pensar que se trata de preceptos inventados por los hombres que a él no le obligan. En segundo lugar, cuando se deja a Dios de lado por mala voluntad, se facilita el autoengaño porque esa malicia ofusca a la inteligencia.

La mala voluntad a la hora de negar a Dios es muy comprensible en la lógica del orgullo: si acepto que Dios es el Autor de la ley natural, mis errores morales se convierten en pecados y sé que le tendré que rendir cuentas. Los católicos, gracias a la sincera confesión de nuestros pecados ante un Padre misericordioso, podemos asumir la verdad de nuestra miseria. Pero es comprensible que quienes no conozcan el modo de lavar sus culpas —o, por soberbia, ni siquiera las reconozcan—, tiendan a defender una ética a la medida de su miseria moral. Sea como fuere, si se elimina dolosamente al Autor de la obra, se corre el peligro de malinterpretar la obra misma.

3) La libertad y la conciencia

Introducción


Hemos visto que existe una verdad moral universal y que, si se olvida o se niega esa realidad, la sociedad se rige por un relativismo ético en el que ya nadie puede sentirse seguro puesto que es posible vulnerar inpunemente los derechos humanos. Veamos ahora otra de las razones que contribuyen a la actual desorientación moral: otorgar a la libertad una primacía absoluta. Baste un ejemplo. Hace poco leí en un periódico que en California habían prohibido la pornografía infantil, pero que poco después los jueces la habían aprobado con la condición de que los niños que salen en ese material no fuesen reales sino virtuales, es decir, que fueran imágenes compuestas de modo digital. Con tal de no coartar la libertad de los adultos, mientras no se empleasen niños de verdad, daban el visto bueno a un producto que, objetivamente, fomenta la pederastia. No hay que ir hasta California para encontrar ejemplos. Acabo de leer en un Suplemento Dominical un artículo sobre mujeres españolas que han decidido ser madres solteras. Para satisfacer su instinto maternal, necesitan un hijo, poco importa si es a través de adopción o de inseminación artificial. En ausencia de valores objetivos, cuando sólo cuenta la libertad de elección, si algo es técnicamente posible, entonces uno tiene el “derecho” de reclamarlo...

Hoy en día está de moda pronunciarse en favor de las libertades. Eso está muy bien, pero nunca veremos que la gente salga a la calle para defender las verdades. Hubo un tiempo en que, por desgracia, se defendía la verdad a costa de la legítima libertad. Actualmente, en cambio, asistimos a una defensa de la libertad a costa de la legítima verdad. Para evitar ambos excesos, veamos el modo de conjugar esos dos elementos que están presentes en toda realidad humana.

Pienso que el mayor mérito de la Encíclica que escribió Juan Pablo II sobre la moral (Veritatis splendor) consiste en haber puesto de manifiesto que no hay incompatibilidades entre verdad y libertad, esto es, que ambas, bien entendidas, se necesitan mutuamente: la verdad lleva a respetar la libertad y la libertad hunde sus raíces en la verdad. Ninguna de las dos constituye un fin en sí mismo. Ambas son igualmente importantes y se articulan en orden a una realidad superior: el amor. Ya desde su primera encíclica (Redemptor hominis), Juan Pablo II recalcó que la esencia del humanismo cristiano consiste en el amor vivido en libertad y en la libertad sujeta a la verdad9.

Verdad, libertad: realidades interdependientes

No hay verdad sin libertad, ni libertad sin verdad. Ambas deben ir siempre juntas; la falta de una de ellas se presta a tiranía o a libertinaje: la verdad sin respeto de la libertad ajena conduce a la tiranía, y la libertad sin verdad degenera en libertinaje. Por un lado, la verdad moral conlleva el deber de respetar la legítima libertad ajena. La libertad forma parte de la esencia de la verdad. Quien no la respete, atenta contra la caridad. Edith Stein decía: «No aceptéis nada como verdad si carece de amor. ¡Y no aceptéis nada como amor que no tenga verdad!»10. Por otro lado, sin la verdad como brújula, la libertad, a la larga, se autodestruye. Como afirmó Juan Pablo II en sede neutra —en su discurso ante la ONU del 4 de octubre de 1995—, «lejos de limitar la libertad o amenazarla, la verdad de la persona humana... es, de hecho, la garantía de futuro de la libertad»11. La experiencia muestra que los atentados contra la verdad, cuando se convierten en vicios, terminan por destruir el libre albedrío. Así, una persona habitualmente sobria es mucho más libre que quien, a fuerza de emplear mal su libertad abusando de la bebida, se hace alcohólico.

El libertinaje puede llevar a nuevas formas de tiranía. Cuando desaparecen los legítimos dictados de la verdad, se acaba imponiendo los ilegítimos dictados de lo políticamente correcto. La libertad necesita una brújula que la oriente: la verdad. Si en nombre de una mal entendida tolerancia se niegan los imperativos de la verdad, se crea un clima permisivo en el que impera la opinión del más poderoso. Hace poco leí que en algún lugar de Japón se prohíbe fumar en la calle. Permiten el aborto, pero si te pillan fumando un cigarrillo, te cae una multa de cien euros...

El escepticismo racionalista —y la consiguiente crisis de la metafísica— en el pensamiento moderno han llevado a postular la libertad como valor absoluto. Pero la libertad, desligada de la verdad, se vacía de contenido. Uno se comporta entonces como si fuera Dios: como un ser absoluto, esto es, desligado de todo. Ya vimos que la soberbia lleva al hombre a desligarse de la Suprema Verdad que es Dios, tras lo cual necesita liberarse de ese vestigio de la Verdad que es la ley natural. Como afirma un filósofo, «faltándole un fundamento trascendente, la libertad se ha constituido en objeto y fin de sí misma: se ha convertido en una libertad vacía, en una libertad de la libertad, ley de sí misma porque es libertad sin más ley que la explosión de los instintos o la tiranía de la razón absoluta, que se revela después como capricho del tirano»12. Si estudias a Hegel, te explicas por qué tanto Hitler como Stalin fueron posibles. La afirmación unilateral de la libertad en el siglo XIX, ha dado lugar a los peores totalitarismos en el siglo XX.

Nuestra época necesita redescubrir la verdadera esencia de la libertad. Libertad no significa sólo libre arbitrio. Es sobre todo capacidad de autodeterminación, en el caso ideal hacia el verdadero bien. Y es que la libertad no es autosuficiente: necesita una guía, que es la verdad. Desligando la libertad de la verdad, se crea un libertinaje que destruye toda moral. Quienes postulan la libertad como valor absoluto, piensan que todo precepto moral ya es un atentado contra su libertad. Si se les recuerda que se tendrían que comportar de un modo determinado, piensan que se coarta su libertad. Según ellos, libertad significa indeterminación, como quien sólo se sintiera libre si tuviese que escoger entre dos vasos de agua perfectamente idénticos. Eso no es libertad. Libertad es tener sed y elegir el vaso que contenga la mejor bebida. La libertad está para ser empleada, no para guardarla a buen recaudo. La libertad se ejercita haciendo una elección: aceptando un bien que nos atrae o rechazando un mal. Y, como ya vimos, la bondad o maldad moral de un objeto o de una acción es algo objetivo: no depende de gustos personales.

Por tanto, la brújula que necesita la libertad es la verdad moral (ley natural) y, en último término, la Verdad sobre el Amor de Dios que nos ha revelado Jesucristo. Sin esa Verdad, no podemos ser plenamente libres. «Lo mejor sobre la libertad —decía André Frossard— es lo dicho por Santo Tomás de Aquino, que era un genio después de todo. Y según él la libertad consiste en permitirle al hombre no ser determinado sino por Dios: si él lo desea, es decir, significa que el hombre escapa al determinismo de la naturaleza»13. Dios es fuente de libertad en muchos sentidos. En primer lugar, si Dios no existiese, estaríamos determinados por ciegas leyes de la naturaleza. Es mejor tener a Alguien por encima, que estar sujeto a una especie de destino ciego e inmisericorde. En segundo lugar, si no queremos vivir en el desamor, puestos a entregarnos a alguien por amor, lo mejor es entregarse al mejor Amante. Como afirma San Josemaría Escrivá, «la libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres»14. La libertad me permite entregarme por amor. Si no me entrego, me hago esclavo de mí mismo. Si me entrego a mis semejantes, se podrían aprovechar de mí: me podrían esclavizar. Lo ideal es entregarme al Único que no me esclaviza, conformar mi voluntad con la Voluntad de Quien más y mejor me ama. Ya lo decía Kierkegaard: «La cosa enorme concedida al hombre es la elección de la libertad. Si tú la quieres salvar y conservar no hay más que un camino: el de, en el mismo instante, absolutamente en el mismo instante, absolutamente en plena dedicación, entregarla a Dios y a ti mismo en ella»15. Nada asegura y preserva tanto la libertad del alma como el abandono filial del cristiano en su Padre Dios.

Para entender por qué no se puede ser realmente libre sin la ayuda de la gracia de Dios, es preciso hilar más fino. Ante todo, conviene recordar que libertad significa capacidad de autodeterminación hacia el bien. Quizá hayamos experimentado momentos en los que queremos portarnos bien, pero no podemos, no somos capaces. Es como si una parte de nuestra voluntad lo quiere y la otra se resiste porque no lo quiere o no puede. En efecto, para vivir las virtudes, no basta quererlo sin más, es preciso también poder querer, estar capacitado para ello. Esa incapacidad de mover la propia voluntad hacia algo que cuesta proviene, en primera instancia, de malos hábitos contraídos que han debilitado la voluntad; la voluntad está enferma y necesita ser curada. En última instancia, ese no poder querer proviene de falta de amor; no se ama suficientemente el bien apetecido, lo cual engendra una falta de libertad. ¿Quién nos dará ese amor que nos hace capaces de querer lo más arduo? Según la doctrina cristiana, Dios es Amor y sólo Él puede comunicárnoslo plenamente. Es difícil de expresarlo con palabras, pero hay momentos en los que uno experimenta que incluso el querer le es dado. Sucede, por ejemplo, que uno intenta aceptar una contradicción dolorosa o perdonar un agravio, y no lo consigue; de pronto, un buen día, mientras reza, nota una fuerza misteriosa que le hace capaz de querer, de aceptar gustosamente, lo que antes era incapaz de querer.

Es muy aleccionador al respecto lo que cuenta San Agustín sobre los meses que precedieron a su conversión. Quería dar el paso, pero le faltaban fuerzas. He aquí parte de su relato: «El alma manda al cuerpo y le obedece; se manda el alma a sí misma y se resiste a obedecer. (...) El alma manda al alma que quiera, y, sin embargo, no siendo distinta de sí misma, no obedece. ¿De dónde nace esa monstruosidad? ¿Por qué es así? Se manda el alma a sí misma querer —no se lo mandaría si no quisiera—, y, a pesar de todo, no hace lo que se manda a sí misma. Luego eso es que no quiere del todo, luego también es que no se manda del todo; porque si se manda es porque quiere, y si no hace lo que se manda es porque no quiere (...). No hay, pues, ninguna monstruosidad en querer en parte y en parte no querer, sino que es debido a la debilidad del alma; cuando el alma es elevada por la verdad, no se levanta toda entera, porque está oprimida por el peso de sus costumbres; hay en el alma como dos voluntades (...). Cuando dudaba en decidirme a servir a Dios, cosa que me había ya propuesto hacía mucho tiempo, era yo el que quería, y yo era el que no quería, sólo yo. Pero, porque no quería del todo ni del todo decía que no, por eso luchaba conmigo mismo y me destrozaba (...). Yo, interiormente, me decía: "¡Venga, ahora, ahora!" Y estaba casi a punto de pasar de la palabra a la obra, justo a punto de hacerlo; pero... no lo hacía»16. San Agustín pudo vencer esa resistencia porque la gracia divina, no sin su colaboración, le capacitó para ello. En efecto, como recuerda la doctrina católica, la gracia redentora de Cristo sana nuestra naturaleza herida por el pecado.

Conciencia y ley moral

Hasta ahora hemos puesto el acento en los derechos de la verdad (ley moral). También la libertad tiene sus derechos. ¡Todo lo que se hable de libertad, bien entendida, es poco! En nuestra época encontramos desaciertos en el ámbito objetivo y aciertos en el campo subjetivo. Se ha dado un progresivo alejamiento de la verdad objetiva, pero también es verdad que se han redescubierto importantes elementos subjetivos, como lo que Charles Taylor ha llamado «el ideal moderno de la autenticidad». Antes no se ponía en duda la verdad, pero había mucha hipocresía.

En ámbito moral, hablar de las prerrogativas de la libertad nos lleva al tema de la conciencia. Si entendemos correctamente la verdad y la libertad, vemos que no hay contradicción posible entre los derechos y los deberes de la ley moral y de la conciencia. Bien entendidas, esa norma objetiva y esa norma subjetiva de moralidad se refuerzan mutuamente. La conciencia, si está bien formada y la persona en cuestión es honesta, es testigo de la ley natural en la intimidad de cada sujeto. Por conciencia moral se entiende el «juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho»17. Todos experimentamos esa voz interior que alienta o reprende.

La norma moral es objetiva, pero cabe preguntarse en qué medida es objetivable y por quién. La razón es capaz de conocer los principios básicos de la ley natural. Siendo Dios el único que no puede errar, la Revelación permite un conocimiento más profundo y seguro. No tiene sentido pretender una libertad de conciencia en ámbitos en los que la verdad ya ha sido objetivada. No obstante, si se abusa de la racionalidad, se termina en casuísticas formalistas que encorsetan a la vida. Hay que rechazar la libertad de conciencia y afirmar la legítima libertad de las conciencias: nunca es lícito coaccionar a una conciencia o substituirla en materias que, por ser estrictamente personales, pertenecen al fondo íntimo de cada persona. Ahí radica la tolerancia bien entendida. Es un error grave permitir el aborto en nombre de la tolerancia, pero también lo sería imponer una religión a la fuerza. Por eso, es una obligación moral permitir a los musulmanes que construyan mezquitas en países mayoritariamente cristianos (aunque, en justicia, habría que exigir también lo contrario). Los Estados confesionales, contrarios al legítimo pluralismo, deberían estar superados. Habría que educar tanto en la verdad, como en la legítima tolerancia, para que cada uno pueda adherirse libremente a la verdad y para que su legítima conciencia sea respetada. Fomentando un clima de libertad responsable, cada uno podrá asentir interiormente a lo que dictamina la ley natural objetiva y, en cuestiones subjetivas, podrá seguir los imperativos de su conciencia. «Dejad siempre una gran libertad de espíritu a las almas —aconsejaba San Josemaría Escrivá—. Pensad en lo que tantas veces os he dicho: "porque me da la gana", me parece la razón más sobrenatural de todas. La función del director espiritual es ayudar a que el alma quiera —a que le dé la gana— cumplir la Voluntad de Dios. No mandéis, aconsejad»18.

La importancia de la conciencia se deriva de la existencia de ámbitos de actuación en los que, si bien la verdad es objetiva, corresponde al interesado la tarea de objetivarla. En una vocación, por ejemplo, cabe pedir consejo, pero, a fin de cuentas, sólo la persona en cuestión puede saber lo que Dios le pide. Hay que aprender, pues, a respetar ese fondo íntimo que hay en cada persona, para que cada uno pueda ser fiel no sólo a la verdad en general, sino también a la verdad sobre sí mismo. En esa linea, traicionarse a sí mismo es también un modo de traicionar la verdad.

Además, por mucho que uno conozca los grandes principios de la ley moral, la vida es compleja y a veces sólo contamos con la intuición de conciencia para tomar la decisión correcta. En efecto, a veces sucede que uno no tiene tiempo para examinar detenidamente una cuestión moral puesto que debe decidir de inmediato. Te ofrecen, por ejemplo, un contrato y te dicen: «lo tomas o lo dejas; si no te decides inmediatamente, se lo ofrecemos a otro». Son momentos en los que uno tiene que ponerse en presencia de Dios y pedirle luz para poder actuar en conciencia.

En efecto, según la doctrina católica, la conciencia es mucho más que un juicio de la inteligencia práctica: es una especie de sagrario interior en donde resuena la Voz de Dios19. De ahí su inalienable dignidad y la importancia de respetarla. Se entiende que Newman —uno de los grandes precursores de la dignidad de la conciencia— afirmase que la recta conciencia es “infalible”, puesto que Dios, que habla a través de ella, lo es. Afirmó incluso que esa conciencia es tan infalible como el Magisterio de la Iglesia: no podía haber discrepancias entre estas dos instancias, puesto que Dios habla a través de ambas y no se puede contradecir. Evidentemente, eso es cierto si el hombre es santo (plenamente honesto). Puesto que podemos engañarnos a nosotros mismos, si se diese una discrepancia entre la doctrina revelada y la propia conciencia, habría que concluir que es uno mismo quien se equivoca. No basta con confrontar nuestra opinión personal con la doctrina revelada: hay que conformar nuestra conciencia con lo explícitamente revelado por Dios. Es una gran suerte poder estar en comunicación directa con Dios a través de la conciencia, pero tenemos que ser realistas admitiendo que, a causa de nuestra debilidad, nuestra la conciencia es manipulable.

De todos modos, insisto en que hay ámbitos personales en los que sólo el interesado puede decidir en conciencia. Tal es la dignidad de la conciencia que, de ser ésta invenciblemente errónea en alguna cuestión, habría que seguir igualmente su dictamen. Si pienso que hoy es domingo y no asisto a Misa, peco, aunque en realidad sea lunes. Newman cuenta que Dios le premió con el don de la fe católica por su fidelidad al anglicanismo en los tiempos en que, por falta de datos, estaba convencido de que ésa era la fe verdadera. También se entiende la responsabilidad que tienen los padres, pedagogos y confesores a la hora de formar la conciencia de los demás, puesto que si hacen pensar a alguien que una acción es inmoral, cuando en realidad no lo es, el interesado que no se atenga a su erróneo juicio, cometerá un pecado formal. Por el contrario, quien se comporta inmoralmente pero con ignorancia inculpable, comete un pecado material, esto es, no imputable.

Por ser Dios quien habla a cada hombre en lo más íntimo de su alma, si éste le traiciona, se traiciona a sí mismo. Siendo Dios mismo quien se comunica a través de mi conciencia, nos compensa aprender a escucharle. Así, al orientar nuestra vida, tomaremos las mejores decisiones. De ahí la importancia de ejercitarnos en la oración mental, con el fin de aprender a percibir la Voz de Dios en la intimidad del alma. Hay que aprender a diferenciar la voz del yo (conciencia sicológica) de la Voz de Dios (verdadera conciencia). Tenemos una especia de radio interior en la que se captan dos emisiones diversas. La frecuencia divina es más difícil de sintonizar que la frecuencia del yo. Los mensajes de Dios suelen estar ligados a la más profunda paz interior.

Materia, intención y circunstancias

Un ejemplo de cómo se articulan los elementos objetivos y subjetivos en el ámbito moral es el triple criterio a la hora de juzgar la bondad o malicia de una acción. El juicio moral tiene que sopesar conjuntamente tres elementos: materia (la objetividad de la acción que se realiza o se omite), intención (fin que persigue el sujeto al actuar) y circunstancias (o consecuencias que pueden atenuar o aumentar la responsabilidad del que obra). El objeto y el fin determinan la bondad o malicia de la acción. Las circunstancias pueden agravar o disminuir su bondad o malicia, pero «no pueden hacer ni buena ni justa una acción que de suyo es mala»20. Al contrario de lo que afirma una corriente ética que está de moda (circunstancialismo), hay actos intrínsecamente ilícitos, sean cuales sean las circunstancias en las que se encuentra el sujeto. Así, un aborto siempre es reprobable, aunque la mujer, por haber sido violada, merezca toda nuestra comprensión. Ninguna circunstancia puede legitimar el asesinato de una persona inocente.


Según otras doctrinas erróneas denominadas teleológicas (“telos”, en griego, significa fin), la moralidad deriva del fin por el que se actúa. Dos de estas doctrinas son el consecuencialismo y el proporcionalismo. Según el consecuencialismo, el juicio moral deriva de las consecuencias que se siguen de un determinado acto. Es una especie de maquiavelismo. Así, se podría investigar con embriones humanos para que otras personas obtengan ventajas terapéuticas. Sería, pues, legítimo matar a una persona inocente para ayudar a otras. El proporcionalismo es algo parecido: una acción sería buena o mala según la proporción de bienes o de males que se consiguen.

Todas las doctrinas erróneas tienen algo de verdad. Si no, no triunfarían. Así, algo diferente al proporcionalismo es el “voluntario indirecto” o la llamada “acción con doble efecto”: una acción en sí misma buena o neutra que se realiza con buenas intenciones y con el fin de obtener un efecto bueno, pero en el que se corre el riesgo de obtener un efecto malo indeseado. Aquí sí que habrá que tener en cuenta la proporcionalidad, las posibilidades y gravedad de ambos efectos. Pongamos un ejemplo. Una mujer embarazada tiene un cáncer de útero que es urgente operar para salvar su vida, pero que pone en peligro la vida del niño. Para que la cirujía sea moralmente lícita, se deben cumplir cuatro condiciones: que la acción es buena o neutra (operar), que la intención sea buena (salvar a la madre, no matar al niño), que el efecto indeseado no se siga automáticamente (posibilidad real de que no muera el niño) y proporcionalidad (posibilidades reales de éxito y sopesar los dos efectos). Se puede operar, con cierto riesgo para el niño, si se busca salvar la vida de la madre, pero no para alargarle unos días la vida o por razones estéticas.

Frente a doctrinas teleológicas, la ley natural sostiene que el fin no justifica los medios. Existen valores inviolables, como la dignidad de toda vida humana, que no se prestan a negociación. Algunos se escandalizan cada vez que la Iglesia Católica recuerda la existencia de acciones intrínsecamente malas, así como la inmoralidad de perseguir fines buenos a través de medios intrínsecamente malos. Pero la experiencia confirma que cada vez que, con razonadas sinrazones, se permite atentar contra la dignidad de cada vida humana, se abre la puerta a todo tipo de injusticias. Nadie puede vivir tranquilo en una sociedad en la que no se respeta de modo incondicional la vida de cada ser humano, sea cual sea su salud, sexo, edad o raza.

Por tanto, las circunstancias influyen en la gravedad o parvedad de una acción, pero la bondad o malicia de esa acción dependen del objeto elegido y del fin que se busca. Para que una acción sea buena, se precisa que la acción en sí misma sea buena y que la intención sea recta. Así, una intención viciosa podría hacer inmoral una acción en sí misma buena. Por ejemplo: dar limosna con el fin de vanagloriarse o de humillar a una persona. De hecho, a la hora de determinar el objeto de una acción, también se tienen en cuenta elementos subjetivos. Por esa razón, se habla a propósito de objeto elegido, para no caer en otra doctrina errónea —el objetivismo ético— que juzga las acciones sin tener para nada en cuenta al sujeto que las realiza. Como puntualiza Juan Pablo II, «la moralidad del acto humano depende sobre todo y fundamentalmente del objeto elegido racionalmente por la voluntad deliberada»; pero «para aprehender el objeto de un acto, que lo especifica moralmente, hay que situarse en la perspectiva de la persona que actúa»21. No es lo mismo, por ejemplo, una acción mecánica que, sin advertencia ni deliberación, produce un efecto malo, que una acción realizada a sabiendas con el fin de conseguir un efecto malo. Por tanto, cuando hablamos de materia, no nos referimos a la materialidad de la acción, sino a un objeto elegido por una persona. Parece una pequeña diferencia, pero olvidar esa distinción ha dado lugar a no pocos quebraderos de cabeza, especialmente en el ámbito de la ética sexual.

Conviene, por último, recordar que, como afirma la moral cristiana, para cometer un pecado grave se deben dar tres condiciones: materia grave, plena advertencia y pleno consentimiento. Lo que haga un sonámbulo no es imputable por falta de advertencia y de consentimiento.

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1. H. Mankell, Pisando los talones, Tusquets, Barcelona 2004, p. 408.
2. Benedicto XVI, Orar, Planeta, Barcelona 2008, p. 13.
3. C. S. Lewis, Mero Cristianismo, o.c., pp. 23-24.
4. Juan Pablo II, Dies Domini, n. 63.
5. A. Llano, La vida lograda, Ariel, Barcelona 2002, p. 42.
6. Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 19.
7. Pío XII, Summi pontificatus, n. 21.
8. Juan XXIII, Mater et Magistra, n. 208.
9. Cfr. Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 12.
10. Juan Pablo II, Homilía del 11 de octubre de 1998 en la canonización de Edith Stein, n. 6.
11. Juan Pablo II, Discurso ante la quincuagésima Asamblea General de la ONU, n. 12.
12. C. Fabro, El temple de un Padre de la Iglesia, Rialp, Madrid 2002, p. 174.
13. A. Frossard, entrevista de 1986 en J. Antúnez Aldunate, Crónica de ideas. En busca del rumbo perdido, Ed. Encuentro, Madrid 2001, p. 199.
14. J. Escrivá, Amigos de Dios, n. 27.
15. S. Kierkegaard, Papirer 1849-1850, X2 A 428; cfr. C. Fabro, El temple de un Padre de la Iglesia, o.c., p. 180.
16. S. Agustín, Las Confesiones, octava edición, Palabra, Madrid 1988, pp. 155-156.
17. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1796.
18. J. Escrivá, Carta del 8 de agosto de 1956, n. 38.
19. Cfr. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 16.
20. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1754.
21. Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 78.
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