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Tema 7. Amor y sexualidad conyugal

Autor: Michel Esparza | Fuente: http://sontushijos.org
Curso en línea "Catequesis básica para padres"
Tema 7. Amor y sexualidad conyugal
Tema 7. Amor y sexualidad conyugal
1) Introducción

En la sesión anterior, acerca de los fundamentos de la moral, hemos postulado la existencia de una verdad moral universal y la importancia de conjugar esta verdad con la legítima libertad de cada persona. En las siguientes sesiones, estudiaremos esa verdad moral en ámbitos concretos del actuar humano. Hoy nos centramos en la moral sexual y conyugal.

La castidad es cuestión espinosa e impopular. Ya lo decía el refrán: «Si en el sexto (mandamiento) no hay remisoria, a ver quién es el guapo que entra en la gloria». A principios de los años noventa, se publicó un libro en el que un periodista, Vittorio Messori, entrevistaba a Juan Pablo II a propósito de toda clase de temas candentes. El Santo Padre no eludió ninguna cuestión, por espinosa que fuera. De modo conciso, respondía a todas las cuestiones planteadas por el periodista. Sin embargo, al llegar al tema de la doctrina de la Iglesia sobre la moral sexual, me llamó la atención que el Papa no entró directamente al tema. Se limitó a decir que, antes de abordar esas cuestiones, era preciso dejar claro qué se entiende por persona humana y por amor verdadero. Cuestionado sobre la impopularidad de esa doctrina católica, dijo: «¿Estas palabras no enmascaran quizá ese relativismo que es tan nefasto para el hombre? No solo con el aborto, sino también con la contracepción, se trata en definitiva de la verdad del hombre»1. En efecto, sólo si se tiene clara la dignidad de la persona y el significado del amor verdadero, se puede comprender la doctrina de la Iglesia en materia de ética sexual y conyugal. Si alguien piensa, por ejemplo, que amor es sexo y que el sexo automáticamente es amor, parte de una visión según la cual el hombre no es más que un animal evolucionado. Si tiene esa concepción del hombre, no entenderá por qué la Iglesia aconseja o desaconseja determinadas prácticas.

Las máximas de la verdad moral que defiende la Iglesia son bastantes conocidas. En sentido positivo, la castidad está emparentada con la calidad del amor y la unión sexual debería ser la expresión de una entrega de lo más íntimo. Es algo sublime y representa un compromiso total entre las dos personas. Sólo desde esta perspectiva, se entienden los preceptos negativos; son inmorales las siguientes prácticas: fornicación o buscar el placer sexual como un fin en sí mismo, las relaciones prematrimoniales, las relaciones matrimoniales voluntariamente privadas de la apertura a la vida (contracepción artificial), la esterilización y la fecundación in vitro. No es fácil explicar en media hora el trasfondo de todas esas normas morales, puesto que antes habría que ponerse de acuerdo en qué es el hombre y qué es el amor. En el fondo, el diálogo sobre ética sexual debería situarse al nivel de la esencia del amor. De todos modos, haré un intento, convencido como estoy que lo que se pide a un cristiano está de acuerdo con el sentir común de todo hombre inteligente y honesto. Pienso que muchos no entienden la ética matrimonial defendida por la Iglesia Católica, porque no ven con claridad la relación existente entre mentalidad anticonceptiva y calidad del amor conyugal. La razón más importante para evitar la impureza es que corta las alas del amor. Por otra parte, si la Iglesia no se equivoca, la experiencia corroborará sus puntos de vista. Reflexionando sobre el amor y observando la experiencia de quienes no viven según las enseñanzas de la Encíclica Humanae vitae, encontraremos razones que confirman la validez de tales enseñanzas. Es más fácil vivir esos preceptos morales cuando uno se percata de que así será más feliz y le irá mejor su matrimonio.

2) ¿Qué es el hombre y qué actitud tomar ante las realidades sexuales?

Ciertamente el hombre no es un simple animal. Es más bien un ser creado por Dios a su imagen y semejanza, llamado a ser feliz a través del amor.

Por naturaleza, el hombre está llamado a realizarse dando y recibiendo amor: sólo llega a dar lo mejor de sí mismo cuando ama.

En la persona humana encontramos tres diversas dimensiones o niveles: cuerpo, corazón y alma. No obstante, esas tres dimensiones (corporal, afectiva y espiritual) forman una unidad. La virtud consolida esa unidad somático-espiritual, mientras que el vicio la disgrega. Debido a esa unidad, se da una estrecha relación entre las diversas dimensiones que la integran. El cuerpo puede corromper el alma y viceversa. Como afirma un autor, «al ser el sexo expresión de nuestra capacidad de amar, toda referencia sexual llega hasta lo más hondo, al núcleo más íntimo, e implica a la totalidad de la persona. Y precisamente por poseer tan gran valor y dignidad, su corrupción es particularmente corrosiva. Cada uno hace de su amor lo que hace de su sexualidad»2.

Dada la unidad de la persona, la unión conyugal, aparte de su dimensión procreativa, contiene múltiples elementos unitivos. La unión sexual no puede ser reducida a su aspecto meramente genital; es también un modo sublime de fomentar intimidad y de expresar la mutua pertenencia, la confianza y la ternura. La donación del cuerpo ayuda a los cónyuges a expresar cuánto se gustan, se quieren y se aman. Por tanto, la frecuencia con la que los esposos practican la unión conyugal dice mucho acerca de la calidad de su amor. Pensar que sólo está en juego la satisfacción de una mera necesidad genital sería tanto como reducir a la persona a su dimensión animal.

Las diversas dimensiones que componen la persona están entrelazadas. Así, la lujuria no proviene sólo del deseo desenfrenado de placer venéreo. Hay en ella también gérmenes de soberbia o egoísmo espiritual. Es como si la corrupción espiritual se vistiese de carne. El varón prepotente tiende a servirse de su instinto sexual para dominar a la mujer, convirtiéndola en mero objeto de deseo. Y si una mujer coquetea, no lo hace tanto para satisfacer deseos carnales, cuanto para sentirse importante. Por lo demás, se ve mucha soledad detrás de la lujuria, tanto solitaria como compartida.

¿Qué importancia hay que dar a la sexualidad en nuestra vida? En la actitud ante la sexualidad, hay dos posibilidades extremas: darle demasiada importancia o no darle ninguna importancia. Los puritanos dan demasiada importancia a la impureza, mientras que los hedonistas no le dan ninguna. Pienso que la impureza, al menos en solitario, es una importante bobada. Hay vicios más importantes, por ejemplo el orgullo. Como escribe Lewis, «un hipócrita frío y autocomplaciente que acude regularmente a la iglesia puede estar mucho más cerca del infierno que una prostituta. Aunque, naturalmente, es mejor no ser ninguna de las dos cosas»3.

Ciertamente la sexualidad tiene su importancia, tanto para bien como para mal, ya que, según cómo se viva, pone o quita alas a nuestra capacidad de amar. Sirve tanto para transmitir la vida y expresar la entrega incondicional de la totalidad de la persona, como para prostituirse y convertir al amado en un objeto meramente útil o placentero. De todos modos, también hay que saber desdramatizar lo referente al sexo, ya que también es algo biológico regulado por hormonas. Puesto que soy un hombre normal, me atraen las mujeres: por eso no las miro demasiado. Y punto. En un libro de Lewis, dice un experimentado demonio, que da consejos a otro sobre el mejor modo de tentar al hombre: «En esta materia, como en cualquier otra, debes mantener a tu hombre en un estado de falsa espiritualidad; nunca le dejes darse cuenta del lado médico de la cuestión»4.

La actitud ideal respecto a las pasiones consiste al mismo tiempo en asumir y trascender. Primero se asume lo inferior, y después se transciende, poniéndolo al servicio de lo superior. Ante cualquier realidad inferior —como la sexualidad, las emociones, las pasiones y los estados síquicos— se debe aplicar la misma regla.
Asumir significa no extrañarse de sentirlo, examinarlo y sopesar lo que tiene de bueno y de malo. Trascender significa ordenarlo, ponerlo en el lugar que le corresponde, resolverlo establemente. En el ámbito sexual, los puritanos transcienden pero no asumen, y los hedonistas asumen pero no transcienden. Asumir sin trascender lleva a quedarse prisionero de lo inferior. Trascender sin asumir conlleva reprimir y lleva a crisparse. Curiosamente los extremos se tocan: tanto los puritanos como los hedonistas terminan obsesionándose con esta materia.

A los puritanos, habría hacerles ver la puerilidad de una «fobia obsesiva por las cosas de la carne»5. El precepto de no buscar consciente y deliberadamente el placer sexual como un fin en sí mismo, no significa que sea malo. Como afirma Lewis, «la actitud cristiana no significa que haya nada malo en el placer sexual, como tampoco lo hay en el placer de comer. Significa que no debemos aislar el placer e intentar obtenerlo por sí mismo, del mismo modo que no debemos intentar obtener el placer del gusto sin tragar ni digerir, masticando cosas y escupiéndolas después»6.

Los hedonistas deberían recordar las esclavitudes que genera el consumismo sexual. Viendo las lecciones que nos da la historia, es muy ingenuo quien no se percate de los peligros del sexo sin compromiso. Como afirma Chesterton, «la pretensión moderna según la cual el sexo sería libre como cualquier sentido, y el cuerpo, bello como una flor o un árbol, es una descripción del paraíso terrenal, o bien un fragmento de pésima psicología que ya hace dos mil años cansó al mundo»7.

En la educación sexual, hay que hablar siempre en tono positivo, mostrando la relación existente entre la castidad y la calidad del amor. «Discurrir sobre este tema significa dialogar sobre el Amor»8. La castidad exige un esfuerzo de entrenamiento constante, pero no es una mera negación, sino una afirmación del amor. Precisamente porque quiero aumentar mi capacidad de amar, me conviene purificar mi imaginación, mi memoria, mis sentimientos y mis deseos: no permito que, fuera de su verdadero contexto, algo excite mi instinto sexual. La educación sexual no consiste sólo en informar sobre los peligros inherentes al hedonismo, sino también en ayudar también a asumir esas realidades sexuales, para que la virtud de trascender no conlleve reprimir. Además, cuanto mejor se asuma una realidad, —entendiendo tanto su importancia como su trivialidad—, más fácil resulta trascenderla. Por eso, a los adolescentes, habría que enseñarles gradualmente, a través de una educación personalizada —adaptada a cada persona y sexo—, a perder la ingenuidad sin perder la inocencia. Hay que hablar claro, sin olvidar las implicaciones éticas: ir siempre con la verdad por delante.

3) ¿A qué tipo de amor nos referimos?

La palabra “amor” se ha manoseado mucho. Por eso, conviene ponerse de acuerdo en cuanto a los términos empleados para saber a qué tipo de amor nos referimos. Inspirándonos en la distinción de tres dimensiones en la persona humana, podemos hablar de tres tipos de amor. Ya los griegos distinguían tres clases de amor:

* sexual
* afectivo (entre hombre y mujer, eros, o ternura en general, storgé)
* espiritual o amor de amistad (philía).

En el lenguaje común, no es lo mismo decir que alguien te gusta, que decir que le quieres, o que le amas. Alguien te gusta porque te atraen sus cualidades. Querer a alguien es encariñarse: al tratarle, se ha establecido una corriente de simpatía; el afecto suele ser máximo en el enamoramiento entre personas de distinto sexo. El término amar lo solemos reservar para el amor espiritual.

El te amo habría que reservarlo para un compromiso para toda la vida. En su acepción más pura, amar a alguien significa que se está libremente dispuesto a entregarlo todo sin condiciones para hacerle feliz. «Si una persona —escribe M. Santamaría— le dice a otra que le ama, el mismo lenguaje supone la expresión para siempre. No tiene sentido decir: — Te amo, pero probablemente sólo me durará unos meses, unos años, mientras sigas siendo simpática y complaciente, o no encuentre otra mejor, o no te pongas fea con la edad. Un te amo que implica sólo por un tiempo no es un amor de verdad. Es más bien un me gustas, me apeteces, me lo paso bien contigo, pero ni por asomo estoy dispuesto a entregarme entero a ti, ni a entregarte mi vida»9.

En todo caso, ya se ve que reducir amor a sexo es algo que jamás hacían los antiguos. Para nosotros, personas del siglo XXI, al leer a los antiguos, puede resultar ciertamente extraño lo poco que los antiguos latinos y griegos hablaron del sexo, que no era para ellos tema a dilucidar. Lo que les interesaba era el amor. Nos suena la expresión eros, pero los griegos no la empleaban para designar el sexo. Para eso empleaban la palabra phylon..., un término zoológico.

De modo análogo a como existen tres clases de amor según se entregue algo material-corporal, cariño o lo más profundo de uno mismo, podemos distinguir también tres clases de egoísmo:

* posesividad corporal
* posesividad afectiva
* amor propio.

La primera (impureza) es en el fondo menos peligrosa que la tercera (soberbia), pues ésta última es más fácil de esconder, lleva a ser dominante e informa todas las demás. La corrupción espiritual engendra tanto la corrupción del corazón como la corrupción sexual. Cuanto más espiritual es un egoísmo, más sutil es y menos claro hacia el exterior. No es de extrañar que haya egoísmos que sólo se descubren después de años de convivencia con una persona, de ahí la importancia, por ejemplo, de aprovechar a fondo el noviazgo para conocer bien los defectos propios y ajenos. En el matrimonio, a la larga, lo que más molesta no es el egoísmo sexual, sino el egoísmo espiritual: cuando uno de los dos no respeta la libertad del otro y se impone, le domina y le coacciona, a las claras, de modo autoritario, o a través de toda clase de chantajes afectivos.

4) Lo espiritual se apoya en lo pasional y lo transciende

En el hombre lo inferior —los aspectos pasionales del gustar y del querer— está informado por lo superior —el amar o el amor propio—; a la vez, el amor pasional es como una plataforma sobre la que se asienta el amor espiritual. Así pues, en la dinámica del amor humano, los tres tipos de amor o de egoísmo están íntimamente relacionados entre sí. El cariño, por ejemplo, facilita la entrega de uno mismo, y las disposiciones espirituales impregnan desde dentro la conducta sexual y afectiva.

El amor, como libre autoentrega, radica en la voluntad, más o menos ayudada por la atracción física y afectiva. El amor humano comienza con una atracción (concupiscencia) y culmina con una voluntad de donación desinteresada (benevolencia). La benevolencia se desarrolla tanto gracias como a pesar de la concupiscencia. La concupiscencia inicia el amor y la benevolencia es su elemento correctivo. El deseo de posesión del amado no es lo mismo que el afán posesivo del egoísta. La evolución posterior muestra la veracidad de un amor incipiente. Si sólo hubiese egoísmo, se despersonaliza al amado: se le cosifica, se le convierte en mero bien útil. Si la evolución es positiva, el hombre supera libre y deliberadamente el deseo de apropiación egoísta en favor del deseo de donación, manteniendo ese sano deseo de unión con la persona amada, que es inherente a todo amor.

Cuando una relación entre novios evoluciona favorablemente, se nota en que, por encima de la pasión que conlleva el enamoramiento, se hacen muy amigos: confidentes. Quizá, si hubiesen puesto el acento en lo sexual, esa amistad no hubiera podido desarrollarse. La pasión facilita la confidencia, pero si es egoísta, la ahoga. En una novela, el protagonista, recordando la época de su noviazgo, relata: «Otras veces nos besábamos, aunque no cada vez que nos veíamos, y ni siquiera pensaba en ir más allá. No había ninguna necesidad. Era bueno, precioso y encantador, y suficiente para mí»10.

Por tanto, en los mejores casos, la sexualidad permite acrecentar el afecto, y éste a su vez facilita la autoentrega espiritual. Al revés, si impera el egoísmo, la impureza termina por pervertir al corazón, y el afán posesivo de éste afectiva seca las fuentes espirituales. La unión conyugal que sólo se inspira en el sexo, se deshumaniza, porque, como afirma Pieper, en esa relación «no se advierte el menor rastro de una relación con el ‘Tú’; hay quizá un ‘Yo’, o dos, si se quiere, pero ningún ‘Tú’»11.

Cuando se pone el acento en el placer sexual, se desintegra la armonía entre los componentes corporales, afectivos y espirituales del amor. El resultado no es sólo que la unión sexual se deshumaniza, sino que, además, la sexualidad, al convertirse en genitalidad, pierde gran parte de su encanto. Lo que podría ser una sublime experiencia de comunión total —una sola carne, un solo corazón y una sola alma— se convierte así en una especie de autosatisfacción sexual de uno en otro.

5) La unión conyugal debe ser un acto de donación personal desinteresada

No hay que confundir el amor con el deseo de hacer el amor. Como afirma un autor, «la frase hacer el amor no es una frase afortunada, porque puede ser que lo que se haga sea el desamor. Depende de a quién se busque en esa relación, a uno mismo o al otro. Cuántas veces haciendo el amor, una de las dos personas, generalmente la mujer, termina llorando porque se siente no querida»12. Y es que el sexo, desligado del amor, es un mero impulso de atracción entre cualquier macho y cualquier hembra, mientras que el amor entre un hombre y una mujer busca la máxima individualización y personalización. Amar es darse uno mismo para hacer feliz a la persona amada.

Quien ve al hombre como un animal evolucionado piensa que la Iglesia descarta la contracepción artificial porque es antinatural desde el punto de vista biológico. Pero la naturaleza humana no es sólo fisiológica, sino también espiritual. El hombre es racional por naturaleza, y el espíritu integra lo biológico en la unidad de la persona. Por eso, la unión conyugal es digna y conforme a la naturaleza humana sólo cuando es la manifestación de la entrega propia de un amor auténtico. Como escribe Juan Pablo II, «en cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual»13.

El sexo como expresión de amor es mucho más que la mera satisfacción de una necesidad biológica. Es «una entrega; una forma profunda de decir: "te amo con todo mi ser". Esta entrega es la unidad de dos cuerpos, que, como dice la Escritura, se harán "una sola carne". La Iglesia trata el sexo con tanto respeto y seriedad porque esta unidad profunda de una entrega mutua representa un compromiso total de una persona con otra»14. Puesto que la unión sexual debería comportar un compromiso de entrega mutua y permanente, debería darse sólo dentro del matrimonio. Otra razón para desaconsejar las relaciones prematrimoniales está ligada a la procreación. El matrimonio es el contexto adecuado para la unión sexual porque de ella emerge el misterio de una nueva vida. Aunque la posibilidad de procrear fuera mínima —ningún medio anticonceptivo, salvo la esterilización, evita 100% el embarazo—, sería injusto realizar una acción cuya consecuencia pueda ser engendrar una persona al margen de una familia bien establecida. Todo niño tiene derecho a tener padres normales.

Durante el noviazgo no sólo conviene excluir la unión conyugal, sino también otras intimidades sexuales. Por un lado, porque de lo uno suele venir lo otro. Ya lo dice el refrán popular: «Abrazos y besos no hacen chiquillos, pero tocan a vísperas». Por otro lado, porque conviene fomentar el amor verdadero. Las intenciones sexuales y afectivas suelen estar mezcladas. Si recuerdas a una pareja de novios la importancia de dejar lo estrictamente sexual para cuando se hayan comprometido ad vitam, suelen replicar que en su caso es ternura auténtica la que origina sus intimidades. Eso es cierto —y hay que reconocer que muchas veces las intimidades de los recién enamorados son más rectas que entre casados—, pero también es verdad que si centran su atención sobre otros aspectos, si ahondan por ejemplo en la amistad, construyen su amor sobre una base mucho más estable y duradera que la mutua atracción. La amistad permanece, mientras que la pasión, con el paso del tiempo, sufre vaivenes y disminuye. Lo mejor sería que los novios dedicasen mucho tiempo a charlar sobre toda clase de temas. Recuerdo un chico que estaba de acuerdo en evitar relaciones prematrimoniales pero no entendía por qué convenía evitar intimidades sexuales, hasta que él mismo se dio cuenta de que su relación se había empobrecido mucho mientras se oyó decir: —Pero si no tenemos esas intimidades, ¿qué vamos hacer cuando nos veamos cada semana? Nos vamos a aburrir como una ostra...

La mujer, si no ha sido pervertida, entiende mejor estas cosas. Sabe que, «bajo la caricia, se suele arriesgar muy poco en la entrega de uno mismo»15. Intuitivamente, algo le dice que su novio tiene intencione rectas si evita las intimidades sexuales. Cuando mostré mi perplejidad a una chica que había decidido irse a vivir con su novio, ella se incomodó: “¿Piensa usted que ese chico no me quiere y se quiere aprovechar de mí?”, dijo enfadada. Pero, poco después, ella misma se dio la respuesta, cuando argumentó de este modo: —Tenga usted en cuenta que ese chico me ha respetado corporalmente durante tres meses... Entendió que una mujer debería exigir algo más que tres meses...

Las relaciones prematrimoniales nos llevan al tema del concubinato. Cuando uno se fía del amor, apuesta fuerte y se casa. En el fondo, ese vivir juntos sin compromiso estable significa compartir lo más íntimo con alguien de quien no te fías del todo. No hay amor perdurable sin compromiso. Suele ser la mujer la que sale perdiendo. Es aleccionador lo que cuenta un experto en comunicación:

«En una charla-coloquio que tuve en Londres una mujer me preguntó de repente, con fuerza, yo diría que con excesivo interés:

»—Estoy saliendo con chicos desde joven, tengo cuarenta años y una hija, pero ¿cómo hacer que un hombre se comprometa? Porque nunca he conseguido un verdadero compromiso.
»La pregunta me cogió por sorpresa y se la devolví:
»—¿Qué me diría usted?
»—Pues no teniendo relaciones sexuales con él hasta que no se haya comprometido, pero con papeles.
»Me quedé pensando, le di las gracias por la opinión y pensé que el hombre, cuando consigue su objetivo, si no hay compromiso, se pone a mirar para otro lado»16.

Evidentemente, no basta con casarse para que todo sea trigo limpio. La unión conyugal como expresión corporal de la entrega de la totalidad de la persona conlleva también ciertas obligaciones a la hora de consumar esa unión. Para vivir el matrimonio conforme al plan divino reflejado en la naturaleza humana, cada uno de los esposos no puede limitar el horizonte de esa unión a lo “técnicamente correcto”, sino que debe acudir con una disposición de darse, buscando por tanto el agrado del otro cónyuge antes que el suyo propio. Para entender los preceptos morales derivados de la castidad matrimonial, habría que situar siempre esta virtud en el contexto más amplio de la caridad conyugal. En esa línea, es preciso que los cónyuges sepan que tienen una psicología y fisiología distintas. Así, por ejemplo, el varón que quiere adaptarse a su mujer, debe tener en cuenta, en lo psicológico, que ella pide ser “conquistada” con afecto. Un marido no puede olvidar que es importante seguir cortejando a su mujer. Así, pasados ya años de matrimonio, es importante salir a pasear o ir de viaje de vez en cuando. No es fácil intimar entre pucheros. Cuando el marido propone la unión conyugal, debe percatarse de que un frío requerimiento ya de por sí suele ser algo frustrante, y peor aún cuando se añade alguna desconsideración como pedir el débito después de discutir sin hacer las paces, no atender al cansancio u otra circunstancia negativa de la mujer, estar algo descontrolado por culpa del alcohol, etc. Por lo demás, en lo fisiológico, la mujer suele reaccionar más lentamente, lo cual supone un esfuerzo de contención para el varón. Un marido incontinente es egoísta porque se desinteresa del goce que ha de experimentar también su mujer.

El varón que se queja de que su mujer no es generosa en las relaciones matrimoniales, olvida que la mujer necesita que se construya un clímax romántico. La mujer disfruta del sexo en la medida en que confía en el amor del varón. Entonces está dispuesta a “perderse” en él. Pero si su marido ni siquiera se muestra efusivo al saludarle cuando llega a casa, ¿cómo se va a alegrar ella ante la perspectiva de tener relaciones matrimoniales? Pretender que ella quiera tener relaciones en frío es como decirle a él cuando, apenado, necesita consuelo: «Ven, aquí tienes mi hombro para que llores».

Los malentendidos se dan en ambas direcciones. También la mujer suele olvidar que cuando pone trabas a la unión conyugal, humilla profundamente a su marido. Éste experimenta ese rechazo como si se pusiera en duda su virilidad. Su reacción suele ser visceral. La mujer tendría que mostrar más comprensión con el apetito sexual de su marido. Así como le alegra la vida preparando platos que a él le gustan, podría alegrársela siendo más generosa con su cuerpo. Pero si el marido no es casto, si es incapaz de contenerse, su mujer pensará que no la quiere de verdad: que sólo desea su cuerpo.

Ilustrémoslo con el pasaje de una novela escrita por una mujer. El personaje femenino intenta explicar a su marido por qué le quiere abandonar. Tenía la impresión de que a él no le importaban sus sentimientos. En un momento dado de la explicación, ella «lo llamó egoísta. Se quejó de que cuando llegaba a casa de un viaje estaba demasiado cansado para pensar en ella, o para hablar, hasta que se iban a la cama y él quería hacer el amor. Pero esa era su forma de establecer contacto, explicó él, demostraba más sus sentimientos que sus palabras. Pero en realidad sólo demostraba la diferencia que existía entre los hombres y las mujeres»17.

Puesto que muchos preceptos morales sólo se entienden si se tiene en cuenta las grandes diferencias que existen entre hombres y mujeres, vamos a profundizar en ello.

6) Diferencias entre la sexualidad masculina y femenina

Muchos problemas de comunicación existentes entre hombres y mujeres provienen de desconocer su psicología diferencial. Al no tener en cuenta sus diferencias, tienen tendencia a proyectar en el otro su propio modo de ser. Los hombres y las mujeres son complementarios y están destinados a complementarse. Me atrevería incluso a afirmar que la mayoría de los preceptos de moral conyugal no serían los mismos si la vivencia sexual masculina fuese como la femenina.

El modo de experimentar la sexualidad es distinto en el hombre y en la mujer. Por naturaleza, la mujer suele ser más afectiva que el varón, mientras que el apetito sexual masculino es más intenso. La mujer suele ignorar hasta qué punto eso es así. No sabe que lo que, por razones hormonales, a ella le apetece uno o dos días al mes, al varón le apetece diez veces más y todos los días. En él prima el aspecto genital. En ella, el aspecto sensual. Basta mirar las estadísticas. En los varones, la lujuria solitaria y pagar dinero a cambio de sexo es miles de veces más frecuente que en mujeres. Está todavía por ver que una mujer abuse de su fuerza física para violar a un hombre por la calle...

El hombre tiende a fingir amor para obtener sexo. La mujer tiende a fingir sexo para obtener amor. El hombre se excita sexualmente deseando a una mujer, mientras que ésta se excita siendo deseada por un hombre. En la vivencia sexual masculina, es fácil desligar el sexo del amor. En cambio, a una mujer le atrae el sexo por otras razones. En la vivencia sexual femenina, es más importante la ternura, la necesidad de sentirse atractiva y la confianza. Para una mujer, una relación sexual es como la continuación de un beso. Sólo está dispuesta, si confía en el amor de quien la besa. Pero si se ve forzada a tener relaciones, se siente fatal. «Muchas mujeres —escribe Gary Smalley— me han contado que se sienten como prostitutas cuando, estando resentidas con sus maridos, éstos les fuerzan a hacer el amor»18. Para el varón el acto matrimonial tiende a ser reducido a un encuentro entre cuerpos, mientras que la mujer desea un encuentro entre personas. La verdad es que la mujer sabe más de entrega amorosa que el varón. Ella se entrega en cuerpo y alma, no se siente a gusto si se separa el cuerpo del alma. «La mujer —afirma Carlos Goñi— vive la sexualidad con tanta biología como el hombre, pero con muchos más ingredientes: psicológicos, sentimentales e intelectuales. Reducir la sexualidad a lo puramente biológico, es decir, a la relación sexual propiamente dicha, es muy poco femenino, porque supone descontextualizarla, sacarla fuera de su argumento biográfico»19.

No estar al corriente de estas diferencias de sensibilidad da lugar a muchos malentendidos... y chascos. Con razón escribe M. Santamaría:

«Muchas veces, la mujer se equivoca, cuando aplica su propio modo de vivir la sexualidad a los hombres. Los hombres son más directamente carnales. Sin ser particularmente brutos, pueden experimentar el simple valor sexual del cuerpo de una mujer, totalmente al margen de la afectividad o de su valor personal. El hombre es así. Y es bueno que la mujer lo sepa. Del mismo modo que es bueno que el hombre sepa que las mujeres no son como él, para que no interprete que están en la misma onda que él.

Un hombre se puede sorprender del rechazo de una mujer, cuando él creía que ella estaba ya hace tiempo metida en su propia dinámica de excitación. Pero es que la mujer estaba interpretando aquello como cariño. Y sólo más tarde se da cuenta de que aquello no es el amor limpio que ella quería, y por eso lo rechaza.

Hay hombres que saben esto y, por eso, saben que, para alcanzar lo que quieren, se tienen que hacer los enamorados. Engañar a una mujer, en este sentido, es relativamente fácil, porque ella está predispuesta a interpretar como cariño las manifestaciones del hombre. Interpreta, de entrada, benignamente la actitud del varón. Si ella se expresara de esa manera sin un cariño profundo detrás, se sentiría como una verdadera prostituta. Por eso tiende a pensar lo mismo del hombre. Y le gusta sentirse querida. No se da cuenta de que el hombre, ante la proximidad del cuerpo de mujer, reacciona, naturalmente y sin maldad, experimentando la atracción sexual de ese objeto apetitoso.

Para evitar tratar a la mujer como objeto, el hombre tiene que ejercer una tarea de autodominio que no le es fácil. Si el afán que la mujer experimenta por sentirse querida, no tiene en cuenta esta realidad del modo de ser del varón, pondrá a éste en situaciones equívocas, en las que el posible cariño puede quedar fácilmente suplantado por el apetito sexual»20.

La cultura cambia, pero no la naturaleza. Hoy en día se tiende a minimalizar esas diferencias, pero basta abrir los ojos. Si una mujer lleva minifalda, los varones se ponen nerviosos. En cambio, las mujeres no suelen ir a la playa para ver a chicos en traje de baño, sino para tomar el sol. Cuando una mujer se encuentra con un hombre, se suele fijar en si es un hombre interesante, no tanto guapo, sino atento, delicado y cariñoso. En cambio, la tendencia natural del hombre es ver si una mujer está buena. La mujer suele robar cuerpos, mientras que el hombre suele robar corazones. Al varón, le excita la vista; a la mujer, el tacto. Los hombres se enamoran a través de la vista, mientras que a las mujeres se las seduce por el oído porque así perciben la interioridad de otra persona. Ellos se fijan más en lo que ven; ellas se fijan más en lo que se les dice. En eso, las mujeres tienen suerte, porque, como dice una mujer en una novela, «una chica guapa —que es lo que les entra a los hombres por los ojos— puede ser tonta, inculta e incluso, mala. En tanto que por las palabras que dice un chico, y que es lo que a nosotras nos entra por los oídos, se sabe si es listo y si es bueno»21.

Incluso desde el punto de vista meramente fisiológico, la forma de vivir la sexualidad es muy diferente en hombres y mujeres. Así lo explica delicadamente un orientador familiar:

«El hombre es una llama de gas, la mujer es una llama de carbón lenta para encenderse y lenta para apagarse. La mujer conquista por la belleza que entra por los ojos; el arma del hombre es la palabra que entra por el oído. El varón necesita conquistar y poseer, mientras que la mujer necesita ser deseada y conquistada.

El hombre es más sexual, mientras que la mujer es más sensual. La mujer necesita aperitivo, el hombre prefiere cuanto antes el plato fuerte. Si uno y otro olvidan, no conocen o no quieren ser consecuentes con estas reglas, que la naturaleza ha marcado en la psicología de cada uno, pueden ir derechos al fracaso»22.

Un cónyuge generoso se adapta a los gustos del otro. Pero suele suceder que el hombre imponga sus apetitos sexuales a la mujer. Cuando el hombre domina a la mujer —o cuando, a causa de cierto complejo de inferioridad, la mujer se mete en la cabeza el deseo de ser como el hombre—, se le obliga a adoptar un comportamiento sexual masculino. Como observa un experto en comunicación, «hay una tendencia a hacer creer a la mujer que tiene que comportarse en el terreno sexual como el hombre, si quiere ser moderna»23. Pero no se puede engañar impunemente a la naturaleza. En los primeros cinco o diez años del matrimonio, la vida sexual de los cónyuges suele ser ‘masculinamente activa’. Si la mujer protesta, se le dice que no es ‘normal’. Pero lo que le hace protestar es algo difícil de expresar: el sentimiento de no ser amada sino utilizada, lo cual puede dar lugar a penosos desengaños y humillaciones. Cuando el marido no ha aprendido a moderar su apetito sexual, la mujer termina por dudar de él. Se pregunta por ejemplo: “¿porqué está tan amable en la cama, y tan antipático en las comidas...?”. Como afirma el mismo autor, «esa superficialidad en el terreno de lo íntimo es percibida por la mujer como una entrega del otro en busca de placer, "se entrega al placer, no a mí", "le gusta mi cuerpo, no yo". Un sentimiento de desasosiego puede aparecer: sólo me busca cuando quiere relaciones. "Y si yo no le diera placer, ¿cómo me trataría?"»24.

Se evitarían muchos desengaños femeninos si desde el noviazgo ayudasen más a sus novios a vivir la castidad. Pero cuando la educación es deficiente y el ambiente no ayuda, ocurre que muchas chicas, en vez de establecer las bases de un amor duradero, den más importancia a la vanidad de sentirse codiciadas a causa de sus encantos físicos. Rememorando sus años universitarios, escribe una poetisa inglesa: «Es difícil darse cuenta ya a los dieciocho años que ser amada a causa del atractivo físico significa en el fondo lo más contrario a ser amada. Me sentía como un animalito perseguido por cazadores ávidos por capturar mi piel»25. Llama la atención la ingenuidad de las “chicas fáciles”. Olvidan que cuanto más se deja llevar el varón por su instinto sexual, más cambia el objeto de sus “amores”, que no son otra cosa que apetencias. En una novela, se dice de una mujer que entregó fácilmente su cuerpo: «Con su romanticismo a flor de piel, no sabía todavía que las mujeres que como ella se dan con tanta facilidad, se olvidan también del mismo modo»26.

Si las novias supiesen las dificultades que tienen sus novios para dominar su instinto sexual, les exigirían mayor continencia y respeto hasta que se casen. Si las mujeres supiesen que toda la moral sexual matrimonial, tal como la defiende la Iglesia Católica, es la mejor garantía para que los maridos respeten a sus mujeres, no pararían de dar gracias a Dios... y al Papa.

7) Escarmentar en cabeza ajena

Conviene echar una mirada a nuestro alrededor para percatarnos del efecto deshumanizador del consumismo sexual. Vivimos un tiempo en el que el sexo es un objeto de consumo muy asequible. En este ambiente hedonista, no es de extrañar que mucha gente esté obsesionada con este tema. Leí hace poco que en Internet hay 70.000 páginas Web de sexo de pago, y que las ganancias anuales de la industria pornográfica en Estados Unidos ascienden a 10.000 millones de dólares. Son dolorosas esas cifras si se piensa en cuánto contribuye la pornografía a despersonalizar a la mujer. Lo más expresivo y revelador de la interioridad humana es el rostro. Si una mujer se viste decentemente, la atención del hombre recae espontáneamente en su rostro, pero si se viste de modo provocativo, se despersonaliza: entonces el varón se fija en lo que esa mujer, con pocas diferencias, tiene en común con todas demás. De ahí que la modestia en el vestir contribuya a salvaguardar la propia dignidad.

La pornografía hace daño, y no sólo a los adolescentes. También en los adultos, las imágenes eróticas contribuyen a fomentar una mentalidad en la que el sexo es desligado del amor. Como afirma Thibon, «¿no es el erotismo un cheque sin fondos de la sexualidad que desfallece y del amor ausente?»27. Las intimidades sexuales deberían estar refrendadas por la capacidad de sacrificio y la buena comunicación afectiva, en vez de ser un pasatiempo para parejas hastiadas. La pornografía saca de contexto la sexualidad y es especialmente perniciosa para los jóvenes.

Irrumpir en sus primeros movimientos sexuales con la mano grosera de la sobreexcitación erótica daña torpemente la relación entre chicos y chicas. Acaban pensando que desligar el sexo del amor verdadero es lo más normal del mundo. Los adolescentes no se suelen corromper por sí mismos. Reflexionando sobre la forma gramatical pasiva del verbo “corromper”, observa Pieper: «la juventud, en efecto, no se corrompe tan fácilmente como se pone rancia la mantequilla o se agria la leche. Pero puede ser corrompida por otros. Se la puede corromper, por ejemplo, enseñándole a buscar sólo el placer antes de enseñarle a enamorarse y a amar, por el sistema de la seducción y de las manipulaciones comerciales del tema»28.

El bombardeo hedonista es persistente. En muchas películas y novelas se da por supuesto que si un hombre y una mujer se enamoran, lo más lógico es que, antes de comprometerse en matrimonio, tengan relaciones sexuales. En una novela de Rosamunde Pilcher, en 1944 una mujer infeliz en su matrimonio conoce y se enamora de un galán encantador. Ambos son muy liberales. El galán le invita a pasar una semana con él en casa de Helena, una señora que él conoce. Ella piensa que tendrán que vivir en habitaciones separadas, pero él le dice: «No creo que aparezcan problemas de ese tipo. Helena es famosa por su mentalidad abierta. Creció en Kenia y por alguna razón las damas que han sido educadas en Kenia rara vez están sujetas a remilgadas convenciones»29. Es increíble la naturalidad con la que se justifica una unión adúltera con motivos sentimentales. Quien, en defensa del vínculo matrimonial, se oponga a las relaciones prematrimoniales, más aún si son adúlteras, será tachado de conservador empedernido, insensible ante los imperativos del “amor”.

Pero el tiempo muestra que muchos sueños románticos de mujer terminan por sucumbir bajo el peso de la impureza masculina, no sin connivencia femenina. En una novela, la protagonista rememora en estos términos su primer amor en el Madrid de los años ochenta: «Me enteré bastante pronto de lo que tiene que hacer una chica para no quedarse embarazada, empecé la carrera y la seguí con altibajos, me gustaba gustar (tendencia que se ha ido matizando), me atuve a las recetas de rigor para sacar partido de ser joven (...) Cuando por fin Roque empezó a mirarme y a dejarse mirar por mí, saboreé la certeza de que era él, el del sueño, y al cabo de los años lo que brilla y permanece de mi relación con Roque es sobre todo la primera etapa de silenciosa complicidad, los preparativos del viaje. Porque luego, cuando pasó lo que tenía que pasar sin remedio, aquella cueva donde depositar verbalmente mis incertidumbres y sueños, fue convirtiéndose exclusivamente ?si he de ser sincera? en el temblor insoportable y ciego de mi cuerpo esclavo de los caprichos del suyo»30.

Entre jóvenes emancipados desaparecen aquellos hermosos estados de enamoramiento tan presentes en la literatura universal. En una novela de Susanna Tamaro, la protagonista, una madre que fue muy liberal en la educación de su ya fallecida hija (Ilaria), escribe una carta a su nieta en la que rememora la influencia de los años sesenta sobre la difunta hija (y madre de la nieta). Describe esos años en estos términos: «Eran los años de la liberación sexual, la actividad erótica estaba considerada como una función normal del cuerpo: se había de llevar a cabo cada vez que una tuviera ganas, un día con uno, otro día con otro. Vi aparecer junto a tu madre docenas de jóvenes, no recuerdo ni uno solo que durara más de un mes. Ya inestable de por sí, Ilaria fue arrollada en esa precariedad amorosa. Aunque no le impedí nada, ni jamás la critiqué de ninguna manera, me sentía más bien perturbada por esa repentina libertad de sus costumbres. No era tanto la promiscuidad lo que me chocaba, como el gran empobrecimiento de los sentimientos. Caídas las prohibiciones y la unicidad de la persona, había caído también la pasión. Ilaria y sus amigas me parecían las invitadas de un banquete afligidas por un fuerte resfriado: por educación comían todo lo que les ofrecían, pero sin percibir su sabor. Zanahorias, asados y pastelitos tenían para ellas el mismo sabor»31.

8) La contracepción artificial

La moral conyugal de la Iglesia enseña que el matrimonio, y la unión conyugal, tienen dos fines —unitivo y procreativo— y que nunca es bueno separarlos artificialmente. La contracepción es “hacer el amor sin hacer el hijo”, mientras que la fertilización in vitro conlleva “hacer el hijo sin hacer el amor”. En cuanto a esto último, podríamos hacer aquí consideraciones acerca de las frustraciones que trae consigo el ver a los hijos como un derecho en vez de verlos como un don. Pero debido a las implicaciones bioéticas que tienen esas técnicas de reproducción asistida —es impresionante el esfuerzo semántico que se hace hoy en día para camuflar el verdadero contenido de lo que se hace—, conviene dejarlo para la siguiente sesión. Terminamos, pues, con lo relativo a la contracepción.

¿Cómo explicar que la anticoncepción

artificial es gravemente inmoral? Dejo de lado lo referente a esos medios anticonceptivos cuya inmoralidad está agravada por ser además medios abortivos. Pero en circunstancias en las que, en conciencia, no es aconsejable el embarazo, ¿por qué no servirse de los avances no abortivos de la ciencia? Para entenderlo, hay que tener presente todo lo visto acerca de la calidad del amor conyugal. La experiencia corrobora que tanto la falta de generosidad a la hora de procreación como la anticoncepción artificial entrañan de introducir el virus del egoísmo en el primer nivel del amor. Tanto esa mentalidad anticonceptiva que lleva a evitar la procreación sin razones graves, como la realización de acciones concretas encaminadas a impedir la procreación, suelen poner en peligro la calidad de la unión conyugal. Dice Saint-Exupéry que «amar no es mirarse uno a otro; es mirar juntos en la misma dirección». Cuando los cónyuges, en vez de mirar juntos en la dirección del hijo que pueden engendrar, ciegan las fuentes de la vida, corren el riesgo de terminar mirándose uno a otro, y no de modo altruista, sino consumando un egoísmo compartido.

Lo que contribuya a viciar la intención de la unión sexual, deshumaniza la pasión afectiva. «Max Horckheimer —cuenta Pieper— hizo observar, en una entrevista que fue por muchos recibida con desagrado, pero cuya amarga verdad apenas si puede discutirse: "La muerte del amor erótico será el precio que tendremos que pagar por la píldora"»32 . La apertura a la procreación es el remedio más seguro para evitar egoísmos recíprocos entre los esposos. El hijo, escribe con gran acierto Gustave Thibon, «rompe el exclusivismo de la pareja: sustituye la adoración recíproca que encadena por un fin común que libera»33. Ya vimos que las vivencias sexuales masculinas y femeninas son muy diferentes, de modo que es preciso que el varón aprenda a contenerse. Por eso, desligar artificialmente y sin esfuerzo lo unitivo de lo procreativo, dificultará su autocontrol. Si se daña así la calidad del amor, tarde o temprano, surgirán problemas. Como afirma un experto en comunicación, «la separación radical de la sexualidad y la apertura a la vida es una bomba de relojería en la relación»34.

Habría que entender, por último, la diferencia entre la anticoncepción artificial y el recurso a los medios naturales para regular la fertilidad, de modo que nadie piense esto último es una especie de anticoncepción católica. Como afirma Juan Pablo II, «se trata de una diferencia bastante más amplia y profunda de lo que habitualmente se cree, y que implica en resumidas cuentas dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana, irreconciliables entre sí. La elección de los ritmos naturales comporta la aceptación del tiempo de la persona, es decir de la mujer, y con esto la aceptación también del diálogo, del respeto recíproco, de la responsabilidad común, del dominio de sí mismo»35.

No hay obstáculo moral alguno para usar del matrimonio en periodos infecundos (embarazo, esterilidad, menopausia). En sede específicamente moral, lo que se valora en la continencia periódica no es el uso de los periodos infecundos en sí mismo (mientras esa infecundidad no sea provocada voluntariamente), sino más bien la renuncia a utilizar periodos fecundos: se trata ante todo de la moralidad de una continencia. A la vez, no se trata de exaltar la continencia como si la sexualidad conyugal fuese algo malo, excepcionalmente tolerado. Al contrario, ya vimos cuánto puede favorecer la comunión conyugal. De hecho, puesto que el consorcio conyugal está orientado esencialmente a la unión y a la procreación, es necesario que haya una razón proporcionalmente grave para acudir a la continencia periódica (al valorar la proporción se tiene en cuenta el intervalo de tiempo por el que se quiere mantener). Al tomar estas decisiones, los cónyuges deben recordar que la moral no trata de lo lícito frente a lo ilícito, sino de la práctica de la virtud, que en un cristiano se inscribe en el ámbito —a veces heroico— de la lucha por la santidad. Y no sólo deben dialogar entre ellos. Son decisiones que deben tomar en conciencia, esto es, en diálogo con Dios. También a Él hay que dejarle opinar.

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1. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés, Barcelona 1994, p. 177.
2. A. Aguiló, Sexo y sentimientos: ¿es necesario aprender?, en www.interrogantes.net.
3. C.S. Lewis, Mero cristianismo, Rialp, Madrid 1995, p. 117.
4. C.S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, Rialp, 4ª ed., Madrid 1994, p. 83.
5. G. Thibon, La crisis moderna del amor, Fontanella, 4ª ed., Barcelona 1976, p. 76.
6 . C.S. Lewis, Mero cristianismo, o.c., p. 119.
7. G. K. Chesterton, San Francisco de Asís, Editorial Juventud, octava edición, Barcelona 1994, p. 34.
8. J. Escrivá, Amigos de Dios, n. 178.
9. M. G. Santamaría, Saber amar con el cuerpo. Ecología sexual, Ed. artística Gerekiz, Bilbao 1993, pp. 15-16.
10. N. Sparks, Un paseo para recordar, Emecé, Barcelona 2000, p. 148.
11. J. Pieper, El amor, Rialp, Madrid 1972, p. 206.
12. J. M. Contreras, Pequeños secretos de la vida en común, Planeta, Barcelona 1999, p. 55.
13. Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 11.
14. J. Haaland Matlary, El amor escondido. La búsqueda del sentido de la vida, Belacqua, Barcelona 2002, p. 273.
15. A. de Saint-Exupéry, Courrier Sud, París 1929, p. 73.
16. J. M. Contreras, Pequeños secretos de la vida en común, o.c., p. 22.
17. Danielle Steel, El fantasma, Plaza & Janés, Barcelona 1999, p. 15.
18. G. Smalley, If only he knew. What no woman can resist, Zondervan Publishing House, Michigan 1996, p. 11.
19. C. Goñi Zubieta, Lo femenino, EUNSA, Pamplona 1996, p. 83.
20. M. G. Santamaría, Saber amar con el cuerpo. Ecología sexual, o.c., 44-46.
21. T. Luca de Tena, Primer y último amor, Planeta, Barcelona 1997, p. 99.
22. A. Vázquez, Momentos íntimos de él y ella, en “Hacer familia”, n. 56, julio-agosto 1994, p. 17.
23. J. M. Contreras, Pequeños secretos de la vida en común, o.c., p. 122.
24. Ibidem, p. 119.
25. K. Raine, The Land Unknown, Londres 1975, p. 61.
26. L. de Castresana, Vida del bandido español Luis Candelas, Rialp, Madrid 1992, p. 49.
27. G. Thibon, El equilibrio y la armonía, Belacqva, Barcelona 2005, p. 84.
28. J. Pieper, El amor, o.c., p. 191.
29. R. Pilcher, Los buscadores de conchas, Plaza & Janés, Colección de bolsillo, Barcelona 2001, p. 508.
30. C. Martín Gaite, Lo raro es vivir, Anagrama, Barcelona 1996, p. 138 y 139.
31. S. Tamaro, Donde el corazón te lleve, Seix Barral, decimoquinta edición, Barcelona 1995, pp. 103-104.
32. M. Horckheimer, Die Sehnsucht nach dem anderen, Hamburgo 1970, p. 74; en J. Pieper, El amor, o.c., p. 196
33. G. Thibon, La crisis moderna del amor, o.c., p. 67.
34. J. M. Contreras, Pequeños secretos de la vida en común, o.c., p. 122.
35. Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 32.
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