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Bienaventurados los que trabajan por la paz

Bienaventurados los que trabajan por la paz


Sábado (Séptimo Día)
"Dichosos los que trabajan por la paz, 
porque ellos se llamarán los Hijos de Dios" 
(Mt 5, 9)

También esta bienaventuranza presupone que reinen en nuestro corazón las bienaventuranzas anteriores. Cuando tengas toda tu alma limpia de toda culpa, procura que no nazcan disensiones ni disputas por tu culpa. Empieza por tener paz en ti mismo y así podrás ofrecer la paz a los demás. Y de ahí Jesús prosigue: "Bienaventurados los pacíficos" (cfr. San Ambrosio, in Lucam, 5,58).
Que nos expliquen, por favor, esta bienaventuranza. Acude en nuestra ayuda San Agustín: Es la paz la tranquilidad del orden y el orden es la disposición por medio de la cual se concede a cada uno su lugar, según que sean iguales o desiguales. Así como no hay alguno que no quiera alegrarse, tampoco hay ninguno que no quiera tener paz. Sucede cuando aquellos que quieren la guerra no buscan otra cosa que encontrar la gloriosa paz batallando y esta no es la paz de Dios (cfr. San Agustín, de civitate Dei, 19, 13). Pero la cosa comienza por dentro: Los pacíficos se llaman bienaventurados, porque primero tienen paz en su corazón y después procuran inculcarla en los hermanos en conflicto. ¿De qué te aprovechará el que otros estén en paz si en tu alma subsisten las guerras de todos los vicios? (Cfr. San Jerónimo).
Son pacíficos en sí mismos aquéllos que, teniendo en paz todos los movimientos de su alma y sujetos a la razón, tienen dominadas las concupiscencias de la carne y se constituyen en Reino de Dios. En ellos, todas las cosas están tan ordenadas, que lo que hay en el hombre de mejor y más excelente domina a las demás aspiraciones rebeldes, que también tienen los animales. Y esto mismo que se distingue en el hombre (esto es, la inteligencia y la razón) se sujeta a lo superior, que es la misma verdad, el Hijo de Dios. Y no puede mandar a los inferiores quien no está subordinado a los superiores. Esta es la paz que se da en la tierra a los hombres de buena voluntad la paz que nada ni nadie nos puede quitar (cfr. San Agustín, de sermone Domini, 1,2). Sigue enseñando San Agustín: Y no puede suceder en esta vida que le acontezca a alguno el que no sienta esa ley de los miembros que se opone en todo a la ley de la inteligencia. Esto es lo que hacen los pacíficos sujetando las concupiscencias de la carne para poder venir alguna vez a conseguir la paz completa. Por tanto, estaremos en continuo, combate contra las tentaciones de la carne (cfr. San Agustín, in libro retractationum. 1, 19).
La cosa no es tan sencilla: Se llaman pacíficos para otros, no sólo los que reconcilian los enemigos por medio de la paz sino también aquellos, que olvidando las malas acciones, aman la paz. Aquella paz es bienaventurada, la que subsiste en el corazón y no solamente en las palabras. Los que aman la paz son los hijos de la paz (cfr. Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 9). Es aquella paz que ofrece la otra mejilla.
Bienaventurados los que trabajan por la paz

¿Y cuál es el premio? La bienaventuranza de los pacíficos es el premio de su adopción como hijos. Y por ello se dice: "Porque serán llamados hijos de Dios". El padre de todos es solamente Dios, y no se puede entrar a formar parte de su familia si no vivimos en paz mutuamente por medio de la caridad fraterna (cfr. San Hilario, in Matthaeum, 4).
Y no tenemos que hacerlo todo solos. Se llaman pacíficos los que no pelean ni se aborrecen mutuamente, sino que reúnen a los litigantes y los hacen entrar en armonía, éstos se llaman con propiedad hijos de Dios. Esta es la misión del Unigénito: reunir las cosas separadas y establecer la paz entre los que pelean contra sí mismos, es decir, también quiere poner paz en nuestro corazón frente a todas las tentaciones (cfr. San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,4).
La perfección está en la paz, donde no hay aversión. Se llaman pacíficos los hijos de Dios, porque nada se encuentra en ellos que se oponga a Dios, pues también los hijos deben parecerse a sus padres (cfr. San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,4).
Tienen una gran dignidad los pacíficos, así como el que se llama hijo del rey es el más alto en el palacio real. Esta bienaventuranza se coloca en el último lugar porque antiguamente el día sábado era el día de verdadero descanso y de verdadera paz, después de pasados los siete días anteriores.
Bienaventurados los que trabajan por la paz

Recordemos nuevamente que esta paz interior y exterior no depende de nuestro esfuerzo. Durante la celebración de la eucaristía el sacerdote dice: "Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles 'la paz les dejo, mi paz les doy ', no mires nuestros pecados sino la fe de la Iglesia y conforme a tu palabra concédele la paz y la unidad". Luego extiende las manos y nos dice: "La paz del Señor sea siempre con ustedes". ¿Qué es esta paz? Un maravilloso regalo que Jesucristo ha ganado con su sangre para nosotros: "Ustedes estaban a la sazón lejos de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y extraños a las alianzas de la Promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.  Mas ahora, en Cristo Jesús, ustedes, los que en otro tiempo estaban lejos, han llegado a estar cerca por la sangre de Cristo.  Porque él es nuestra paz…  para crear en sí mismo… un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad. Vino a anunciar la paz: paz a ustedes que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca. Pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu.  Así pues, ya no son extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo” (Ef 2,13-19).
Y nuevamente, Jesucristo necesita que lo dejemos obrar en nuestro corazón y en nuestra vida porque él respeta nuestra libertad:”Mira que estoy a la puerta y llamo. Cuando alguien me oye y me abre, entrar en la red banquete con el y el conmigo" (Apc 3. 20).
¿Qué les dijeron a los catecúmenos de los primeros tiempos? “No llegues a ser / deja de ser irascible, la ira lleva al asesinato, ni siquiera seas terrorista (=quieras imponer la justicia a la fuerza), ni siquiera seas contencioso / discutidor (pleitista), ni siquiera tengas mal genio, porque de todas estas cosas se generan los asesinatos" (cfr. La Doctrina de los Apóstoles para las Naciones 3. 2). Si le parece que están exagerando hablando de asesinato, vea lo que dice el apóstol: “Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él” (1 Jn 3, 15).
¡Este día sin violencias, sin dejarnos vencer por la concupiscencia, un día sin renegar! E: Invoquemos a la Virgen María, la bienaventurada por excelencia, pidiendo la fuerza de buscar al Señor (Cf. Sofonías 2, 3) y de seguirle siempre, con alegría, por el camino de las Bienaventuranzas.

Puede completar  también con la Reflexión del P. Cantalamessa


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