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Curso "Para ser más Felices" con las Bienaventuranzas

bienaventuranzas



¿De qué se trata?

Luego lea la:

Introducción por Benedicto XVI

Domingo (Primer Día) "Bienaventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos" (Mateo 5, 3)
Lunes (Segundo Día) “Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mt 5, 5)
Martes (Tercer Día)"Bienaventurados los que lloran porque serán consolados" (Mt 5, 5)
Miércoles (Cuarto Día) "Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados" (Mt 5, 6)
Jueves (Quinto Día)"Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5,7)
Viernes (Sexto Día)"Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios"  (Mt 5, 8)
Sábado (Séptimo Día)
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios" (Mt 5, 9)
Domingo (Octavo Día)"Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo" (Mt 5, 10 -12)
AL FINALLos dones del Espíritu Santo y las Bienaventuranzas
Las Bienaventuranzas según Juan Pablo II

¿De qué se trata?

¿Quieren ser más felices? Si se animan pueden, individualmente o entre todos de la casa, realizar un curso básico de entrenamiento en lo que se refiere a las Bienaventuranzas que podríamos titular: "Entrenamiento para ser más Felices". Porque el Señor mismo afirma que son bienaventurados (otros traducen “felices” o “dichosos”) los que las ponen en práctica. No se trata de una exigencia como si nosotros pudiésemos dar "cumplimiento (= cumplo y miento)" por nuestras propias fuerzas. Es el Espíritu Santo - desde el Bautismo mora y ora en nosotros - quien desea realizar  la obra de reproducir en nosotros la imagen de del Hijo de Dios hecho hombre (cfr. Rom 8, 29). Sin embargo, como dice San Agustín: "Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti" (Sermón 169, 11 PL 38, 923). Necesita de nuestra colaboración porque respeta escrupulosamente nuestra libertad. Y nos tiene una paciencia infinita porque de barro estamos hechos. Así que: ¡quitemos los obstáculos y creamos las condiciones favorables para que el Espíritu de Cristo pueda obrar en nosotros para que seamos más felices!

¿Cómo hacer?
Cada día nos concentraremos por turno en una  Bienaventuranza y trataremos, con la gracia y la ayuda de Dios, llevarla a la práctica durante este día aplicándola a nuestra situación.  Al comienzo del día (o, si así lo preferimos, la noche anterior antes de dormir) leemos los comentarios a la bienaventuranza que toca  y, después de haberle pedido ayuda a la Virgen María y nuestro ángel de la guarda, meditamos unos momentos sobre las experiencias del día que pueden ser oportunos para vivir y aplicar concretamente la Bienaventuranza en cuestión y las dificultades que pueden presentarse.

Sería muy provechoso tener un momento cada noche para compartir con los demás cómo nos fue. Descubriremos cómo la misma Bienaventuranza tiene una aplicación muy variada. Y así nos ayudaremos también los unos a los otros para ser más felices (dichosos, bienaventurados). Si lo llevamos adelante a solas ayuda mucho hacer unas breves anotaciones en nuestro diario. Les agradeceremos que compartan sus experiencias también con nosotros ya que, al ponerlas (de manera anónima si así lo prefieren) a disposición de los demás, ayudarán a otros para que aprendan a ser más felices.

Bienaventurados, Felices, Dichosos, Bienaventuranzas

Comience meditando la introducción que nos regala el Papa:

Introducción por Benedicto XVI

En el cuarto domingo del Tiempo Ordinario del Año Litúrgico Ciclo A (ciclo de Mateo), el Evangelio presenta el primer gran discurso que el Señor dirige a la gente, sobre las dulces colinas que rodean el Lago de Galilea. "Al ver a la multitud --escribe san Mateo--, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles" (Mt 5, 1-2). Jesús, nuevo Moisés, "asume la 'cátedra' de la montaña" (Jesús de Nazaret, La Esfera de los Libros, 2007) y proclama "bienaventurados" los pobres de espíritu, los afligidos, los misericordiosos, los que tienen hambre de justicia, los limpios de corazón, los perseguidos (Cf. Mt 5, 3-10). No se trata de una nueva ideología, sino de una enseñanza que procede de lo alto y que toca a la condición humana, que el Señor, al encarnarse, quiso asumir para salvarla. Por este motivo, "el sermón de la montaña se dirige a todo el mundo, en el presente y en el futuro... y sólo puede ser comprendido y vivido en el seguimiento de Jesús, caminando con Él" (Jesús de Nazaret). Las Bienaventuranzas son un nuevo programa de vida para liberarse de los falsos valores del mundo y abrirse a los verdaderos bienes presentes y futuros. Cuando Dios consuela, sacia el hambre de justicia, enjuga las lágrimas de los afligidos, significa que, además de recompensar a cada uno de manera sensible, abre el Reino de los Cielos. "Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y de la resurrección en la existencia de los discípulos" (ibídem). Reflejan la vida del Hijo de Dios que se deja perseguir, despreciar hasta la condena a muerte para dar a los hombres la salvación.

Un antiguo eremita afirma: "Las Bienaventuranzas son dones de Dios y tenemos que darle verdaderamente gracias por habérnoslas dado y por las recompensas que se derivan de ellas, es decir, el Reino de los Cielos en el siglo futuro, el consuelo aquí, la plenitud de todo bien y la misericordia de Dios..., cuando uno se ha convertido en imagen de Cristo sobre la tierra" (Pedro de Damasco, en Filocalia, volumen 3, Turín 1985, p. 79). El Evangelio de las Bienaventuranzas se comenta con la historia misma de la Iglesia, la historia de la santidad cristiana, pues --como escribe san Pablo-- "Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale" (1 Corintios 1, 27-28). Por este motivo, la Iglesia no tiene miedo de la pobreza, el desprecio, la persecución en una sociedad con frecuencia atraída por el bienestar material y por el poder mundano. San Agustín nos recuerda que "lo que ayuda no es sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no sólo con espíritu sereno, sino incluso con alegría" (De sermone Domini in monte, I, 5,13: CCL 35, 13).

Queridos hermanos y hermanas: invoquemos a la Virgen María, la bienaventurada por excelencia, pidiendo la fuerza de buscar al Señor (Cf. Sofonías 2, 3) y de seguirle siempre, con alegría, por el camino de las Bienaventuranzas (cfr. Benedicto XVI, ángelus 30 de enero de 2011)

Bienaventuranzas, Felices, Bienaventurados
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