Capítulo VII-- De la paciencia y de la fortaleza


1 El santo abad Antonio, estando en el desierto, cayó en la acedia y a la vez sufría una gran oscuridad en su alma. Y decía a Dios: «Quiero salvarme y no me lo permiten mis pensamientos. ¿Qué debo hacer con esta tribulación, cómo me salvaré?».
Y salió fuera. Y vio a uno que se le parecía mucho, que estaba sentado trabajando. Luego se levantaba de su trabajo y oraba. Y de nuevo se sentaba, tejía una estera de palmas y se levantaba otra vez a orar.

Era un ángel del Señor que había sido enviado a Antonio para corrección y salvaguarda. Y oyó la voz del ángel que le decía: «¡Haz esto y te salvarás!». Y con estas palabras se llenó de alegría y de confianza. Y obrando así, encontró la salvación que buscaba.


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2 Un hermano preguntó al abad Agatón: «Tengo que cumplir una orden, pero es en un lugar en el que tendré que luchar mucho. Quiero ir allí para obedecer la orden, pero temo la lucha».
El anciano le dijo: «En tu lugar, Agatón cumpliría la orden y ganaría la guerra».


3 El abad Amonio, decía: «He estado catorce años en Scitia, pidiendo día y noche al Señor que me diese fuerza para vencer la ira».


4 El abad Besarión decía: «He estado de pie sobre espinas cuarenta días y cuarenta noches sin dormir».


5 Un hermano, que vivía solo, se sitió turbado, y acudió al abad Teodoro de Fermo y le contó su situación.

El abad le dijo: «Vete, humilla tu mente, sométete y convive con otros». Subió pues al monte para vivir con otros hermanos, y vuelto otra vez al anciano le dijo: «Tampoco encuentro la paz viviendo con otros hermanos».

Y le contestó el anciano: «Si no encuentras la paz ni en la soledad, ni en la compañía de otros hermanos, ¿por qué quisiste hacerte monje?
¿No fue para sufrir penas? Dime, ¿cuánto tiempo hace que llevas este hábito?».

Y dijo el otro: «Ocho años».
A lo que respondió el anciano: «Créeme, hace setenta años que visto este hábito, y ni un solo día he podido encontrar descanso. Y tú, ¿quieres conseguirlo en ocho?».


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6 Otro hermano le preguntó: «Si de pronto ocurriese una catástrofe, ¿te asustarías, Padre?». Y dijo el anciano: «Aunque el cielo se derrumbase sobre la tierra, Teodoro no tendría miedo». Había pedido intensamente a Dios que le quitase el miedo. Por eso le hizo aquella pregunta el hermano.


7 Se contaba del abad Teodoro y del abad Lucio de Nono de Alejandría que pasaron cincuenta años animándose el uno al otro, diciendo: «Pasado el invierno nos iremos de aquí».

Y cuando llegaba el verano decían de nuevo: «Pasado el verano nos marcharemos». Y de este modo durante toda su vida vivieron como Padres dignos de memoria eterna.

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8 Contaba el abad Pastor que el abad Juan, de pequeña estatura, había pedido al Señor que le librase de todas sus pasiones. Lograda esta paz del alma, fue a un anciano y le dijo: «He aquí un hombre tranquilo que no padece lucha ninguna».

Pero el anciano le contestó: «Vete y pide al Señor que te envíe batallas, porque el alma adelanta luchando».
Y cuando volvió a empezar la lucha, el abad Juan ya no pedía verse libre de ella, sino que decía: «Señor, dame paciencia para soportar estas luchas».

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9 El abad Macario vino al encuentro del abad Antonio al monte. Llamó a la puerta, salió Antonio y le preguntó: «¿Quién eres?». «Soy Macario», dijo.

Antonio cerró la puerta dejándole fuera. Y cuando hubo constatado su paciencia le abrió. Y alegrándose de su presencia, le dijo: «Hace mucho tiempo que deseaba verte pues he oído grandes cosas de ti».

Llegada la tarde, el abad Antonio preparó unas palmas para él solo.
Macario le dijo: «Dame y yo las prepararé para trabajar».

Pero Antonio le contestó: «No tengo preparadas más que éstas».
Entonces Macario se preparó él solo un gran montón.

Y sentados largo tiempo hablaban de cosas útiles para el alma, mientras tejían, y las esteras, por una ventana, caían a una gruta.

Y al levantarse por la mañana, Antonio vio la enorme cantidad de esteras que había fabricado el abad Macario y lleno de admiración le besó las manos diciendo: «Una gran virtud sale de estas manos».

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10 Un día, Macario bajó a Scitia a un lugar llamado Terenuth. Entró a dormir en un templo, donde desde antiguo había enterrados cadáveres de paganos. Y puso uno de los cuerpos debajo de su cabeza para que le sirviera de almohada.

Pero los demonios, celosos por su audacia, quisieron asustarle y simularon llamar a una mujer: «¡Eh, señora, decían, vente al baño con nosotros!».

Y otro demonio, como si fuera uno de los muertos, respondió: «No puedo, tengo un peregrino sobre mi».

Pero el anciano no se acobardó, sino que seguro de si mismo golpeaba aquel cuerpo y le decía: «Levántate y vete si puedes».
Al oír esto los demonios gritaron: «Nos has vencido».

;Y huyeron avergonzados.
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